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Les guste o no les guste desarticulan la ciudad

Lo peor del asunto es la época en que han intensificado el desorden, las semanas previas a la Navidad, que son las de mayor movimiento comercial, cuando se hacen las compras de regalos y "mudas de estreno"

"Le guste o no le guste", la gente no tendrá otra opción que pagar su transporte con tarjeta, pues los buseros que se nieguen ---y se niegan por presión de los usuarios--- pueden perder sus permisos de línea, ser cancelados.

Nadie garantiza, empero, que llegado el momento el régimen no le caiga encima a lo que recojan con las tarjetas, pues andan a lo desesperado tras el dinero ajeno, como sucedió con el seguro para terceros montado por burócratas que nunca fueron aseguradores.

En Nicaragua han tenido que echarse para atrás con el prepago, pues la población no está en condiciones económicas para pagar por adelantado y de una sola vez, servicios de transporte. Habrá que ver qué sucede aquí, aunque en testarudez los del actual régimen se llevan la palma.

Muchos cuestionan la legalidad de forzar una forma de pago que contraviene modos establecidos y, además, perjudica el bolsillo de la gente. A casi cinco años del presente régimen, aquí se vive bajo el sistema de coyol quebrado, coyol comido.

El prepago es sólo parte del problema. En su desesperación por mostrar alguna "obra", obra que fue idea de Norman Quijano, los del Sitramss no se detienen ante nada ni menos ante su reconocida incapacidad para administrar con eficiencia una forma nueva de transporte público.

Nada bueno resulta de actuar bajo el gran sofoco

Cerrar vías, echar el tráfico de unas calles a otras, derribar pasarelas, abrir nuevos carriles cuando otros no han sido terminados, es lo usual. En el proceso están despedazando calles que no fueron diseñadas para tráfico pesado y que, en las pocas semanas en que todo esto inició, se encuentran en las más deplorables condiciones. Y conociendo lo que hacen y lo que pueden hacer, barrios y zonas urbanas tendrán que esperar a que San Juan baje el dedo para que las cosas vuelvan a la normalidad.

Lo peor del asunto es la época en que han intensificado el desorden, las semanas previas a la Navidad, que son las de mayor movimiento comercial, cuando se hacen las compras de regalos y "mudas de estreno", cuando muchas familias gustan pasear, ir a ver vitrinas y mostrarlas a sus niños. Son fechas de reuniones, comidas con amigos.

Y es justamente en estos días cuando los automovilistas tienen que ingeniárselas para encontrar rutas alternas y atajos, pero salen de un atasco para caer en otro.

Sólo piénsese en las dificultades para ir de San Salvador a Santa Tecla, o encontrar alternativas al Bulevar del Ejército, taponado por los trabajos lentos y semicaóticos del Sitramss.

Ese gasto adicional en gasolina, en tiempo perdido, deterioro de vehículos, irritación del carácter, contaminación del aire que todos respiramos, hollín en paredes, viviendas y edificios, ruido ensordecedor, no desvelan al Ejecutivo ni a quienes tuvieron la gran pensada. Todo para cortar una cinta antes de irse y, sin duda, volver a pedir perdón por lo que otros supuestamente hicieron, pero nunca perdón por el desastre en que se deja a nuestro país.

Desastre y bancarrota.

El gran sofoco político, aparentar que se ha hecho algo en este quinquenio de calamidades, es la causa del gran desmadre. Poner en marcha nuevos sistemas, poner en funcionamiento un metro o buses articulados, es posible sin desquiciar la vida urbana. Todo es organizarse, trabajar con eficiencia y pensar en la gente.