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"Las pobres mansas ovejas de la Hermandad Musulmana"

Un pequeño refugiado en los campamentos de Líbano tiene, a sus doce años, el pelo encanecido… Pensemos en los niños de El Salvador en grave riesgo de que su futuro caiga en poder de fanáticos…

¡Pobres hermanos musulmanes, víctimas de la violencia! Esos dulces corderos, conocidos por su inocencia, son víctimas de una represión salvaje, escribe con un toque de indignación y sarcasmo el observador Henri Boulad, desde El Cairo…

En las mezquitas donde se atrincheraron esos "hermanos", las fuerzas de seguridad egipcias encontraron enormes arsenales.

Durante semanas, las milicias de los "hermanos" han venido sembrando el terror en Egipto, asesinando, secuestrando, extorsionando, violando y persiguiendo a muchachas casadas, por la fuerza, con musulmanes.

Más de veinte puestos policiales han sido asaltados, saqueados e incendiados por esas milicias, a lo que se agrega medio centenar de policías masacrados y torturados en la forma más salvaje.

Religiosos y creyentes cristianos han sido atacados y muertos, incluyendo niños pequeños, por la única razón de su confesionalidad.

En el año de la presidencia de Mursi, mil quinientas personas han sido asesinadas por las milicias adeptas al régimen.

Mursi firmó acuerdos secretos con sus vecinos para venderles porciones del territorio Egipcio: cuarenta por ciento del Sinaí, a Hamas y a los palestinos; Nubia a Omar el-Bechir, la porción occidental, a Libia.

El año de presidencia de Mursi ha sido tan catastrófico que en menos de dos meses el movimiento Tamarrod recogió veinte y dos millones de firmas de ciudadanos pidiendo la renuncia inmediata del presidente. La inseguridad, el desempleo, la inflación, escasez de pan y de combustibles, la economía en caída libre y el desplome del turismo justifican el reclamo multitudinario de los egipcios. Pese a ello, nada se dice en Occidente para no ser acusado de islamofobia.

Que el futuro de nuestros niños no caiga en poder de fanáticos

Boulad se pregunta: ¿Qué hace una persona cuando compra un enlatado, llega a su casa, lo abre y los contenidos están putrefactos? La reacción es volver a la tienda y reclamar, al mismo tiempo que se descarta la pestilencia. Y eso, dice, es precisamente lo que han hecho el ejército egipcio y la mayoría de la población: no tolerar más un estado de cosas que ponía en peligro la cohesión social y las limitadas libertades de todos.

Es lo que harían los franceses o los coreanos y lo que hicieron los paraguayos con Lugo: defenestrar a un destructor de las instituciones y de la economía que, además, estaba fraguando una toma violenta del poder.

No se puede, o se debe, tolerar que, en un corto tiempo, se arruine o pierda lo que tomó mucho tiempo, esfuerzo y sacrificio, poner en pie. Lo bien realizado es un patrimonio colectivo que se tiene que proteger de depredadores.

A los extremos que llega el fanatismo, sea el religioso, el programático o el político lo ilustra la interminable tragedia del Medio Oriente, donde varios dictadores son capaces de hacer de sus naciones un promontorio de escombros y un cementerio, antes que buscar salidas sensatas y contribuir a que la marcha sea hacia delante y no al infierno, como en Siria que, a causa del choque de facciones, está dejando, entre otros horrores, a un millón de niños refugiados a quienes el futuro se les escapa de las manos.

Un corresponsal describe, con angustia, cómo un pequeño refugiado en los campamentos de Líbano tiene, a sus doce años, el pelo encanecido…

Pensemos en los niños de El Salvador en grave riesgo de que su futuro caiga en poder de fanáticos…