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Las grandes comilonas aparejadas con las fiestas

No en vano Benjamín Franklin, uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos, dijo que nunca vio a nadie morir de hambre, pero sí a muchos morir por comer en demasía

L as fiestas, en todo el mundo aunque mucho menos en África a causa de sus guerras tribales y las depredaciones de fundamentalistas, son ocasión para comer, comer mucho e inclusive comer muchísimo.

En la película Perro Mundo, un clásico cinematográfico, se grabaron escenas de lo que para los cazadores de cabezas de Borneo son las grandes ocasiones del año: una matanza de cerdos, la siguiente parrillada, la glotonería sin límite y luego pasar dormidos por casi una semana… y eso que, hasta donde puede determinarse, esos pueblos no tienen bebidas alcohólicas propias.

Los excesos se dan también en el mundo civilizado, como documentó otro filme clásico, "La Gran Comilona", en el cual tres amigos se hartan hasta que el buen Dios se apiada de ellos y los lleva al más allá, un más allá que para las religiones orientales es continuar comiendo en verdes prados en los que corren ríos de leche y miel, rodeados de odaliscas que uno supone deben también tener muy buen apetito aunque no engorden jamás, lo esperado de la eternidad.

Aquí son varios los escenarios de las comilonas: en el campo de la feria al que ANDA quiso cortar el agua, en los tradicionales comedores de barrios y colonias, en la playas, en las localidades fuera de San Salvador famosas por su cocina típica.

Y la comilona se basa en parte en las preparaciones propias de estas fechas, como son el chilate con nuégados, la yuca con moronga y pepescas, las pupusas, los tamales, la sopa de patas, el gallo en chicha, los panes con pavo o gallina, los ceviches y los dulces típicos. Y como es natural hay sitios y cocineras o cocineros especializados en cada uno de ellos, lo que es imán público. Pero comer mucho o muchísimo tiene su precio, siendo el más obvio la gordura y, peor todavía, la obesidad. No en vano Benjamín Franklin, uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos, dijo que nunca vio a nadie morir de hambre, pero sí a muchos morir por comer en demasía. Y eso antes de la invención de la comida chatarra…

Y la gordura en cualquiera de sus grados es siempre problema, el menor de ellos tener que comprar ropa cada vez más amplia. Además se pierde línea, se ralentiza el paso, se arruinan los muebles con el peso, comienzan a escasear, para las mujeres, los piropos, aunque en este mundo hay gustos de gustos y sucede que los extremos se atraen.

Apártense los tres venenos:

el azúcar, el hielo y la sal…

Con las comilonas --y esto es grave-- asoman las bebederas, echarse tragos hasta perder buenos modales, el dominio del lenguaje, la honestidad en el trato hacia otros y los graves riesgos de conducir coches o meterse al mar. Y lo peor, también la buena salud se resiente de aquellos que comen mucho y además beben más de lo adecuado.

La gente seguirá comiendo aunque nuestro país y como lo advierten todas las mediciones internacionales, vaya hacia abajo en su economía y en la oferta de empleo. Hay gordos que lo son por ansiedad, que buscan en los tragos y los platos un refugio de sus aflicciones. ¡Y sí que hay motivos para estar preocupado, pues el tren estatal va guiado por maquinistas que desconocen el oficio!

En los Estados Unidos --y es un buen inicio para todos-- hay ciudades en las que han prohibido poner saleros en las mesas y otras vender bebidas azucaradas en los colegios: apártese de la mesa el hielo, el azúcar, la sal.