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Las fiestas, una buena pausa en la monotonía cotidiana

En estas circunstancias de inquietud, calamidad general y tristezas, las fiestas son un escape, una tregua en las aflicciones, un descanso para los que trabajamos

Fiestas y parques de diversiones hay en todo el mundo, y nosotros no podíamos ser la excepción. Casi desde que los conquistadores se asentaron en estas tierras se celebran festividades patronales a la usanza europea, tradición que inició formalmente con las bacanales de los griegos y las saturnales de los romanos.

Es raro el pueblo que no arme sus grandes comilonas y bebetorias, aunque en apariencia eso no sucede en los países islámicos, en parte por la forzada separación de los sexos. Solo al final del Ramadán, el mes de ayuno y abstinencia, hay celebraciones en las casas y hasta se llega a invitar a forasteros, como tuvimos el agrado de serlo en dos ocasiones, en Amman y Beirut.

Aquí hay ventas de comida, ruedas para niños y jóvenes, loterías para adultos, lodazales y precarias instalaciones sanitarias para todos, ladrones y muchachonas por doquier y malestares estomacales para los que comen encurtidos y pupusas de chicharrón.

A los niños se les debe proteger, no apartar los ojos de ellos, ni un instante y, en lo posible, dejar a los más pequeños, bajo el cuidado de personas responsables, en casa.

En los tiempos de maricastaña las fiestas rompían la terrible monotonía de pueblos y ciudades, donde la única diversión era ir a misas y solemnidades religiosas y pasar en cotilleos. O como decían las comadres, censuran los chismes pero reconocen que las divierten mucho, más cuando el blanco de las habladurías son familias antipáticas de la vecindad.

En estas circunstancias de inquietud, calamidad general y tristezas, las fiestas son un escape, una tregua en las aflicciones, un descanso para los que trabajamos.

A ello se suma que hay seguridad en las multitudes, por lo que se pueden visitar lugares a los cuales la mayor parte de la gente no llega casi nunca.

Los parques de diversiones, como prácticamente todo, se montan y organizan a sí mismos: los municipios y los gobiernos establecen las regulaciones que se deben cumplir, fijan los espacios donde van a instalarse juegos y negocios, regulan la circulación, suministran la seguridad y proveen otros servicios, como la atención de emergencias médicas, pero nada más, sin exponerse a un gran fracaso.

¿Quién puede calcular cuántas pupusas se van a vender?

Nadie podría calcular la cantidad de maíz requerida para fabricar pupusas, el gas para cocinarlas, las bebidas para acompañarlas, las sillas y mesas para acomodar a clientelas que se necesiten en una feria. Y eso con todo el resto: cada participante hace sus propios cálculos y pone en pie el suministro de alimentos, muebles, servicios y resto de insumos.

Mientras más acierte un comerciante o una pupusera en calcular la demanda que habrá de sus productos, mayor será la ganancia que consiga.

Lo mismo se observa en los mercados del país, hasta en los de localidades pequeñas: son tantos los factores variables y tantas las posibilidades de abastecer de productos a una aldea o una ciudad, que las oficinas centralizadas siempre fracasan, sea por exceso o por falta; en cambio, cuando son muchos los participantes como se ven puestos en un mercado, lo que a unos falta a otros sobra.

¿Quién calcula el número de vehículos de transporte, los motoristas y ayudantes, la cantidad de bienes que deben moverse de un sitio a otro? Esa misión imposible es lo que lleva al fracaso a los regímenes socialistas…