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Las dictaduras hemisféricas contra la libre expresión

Los buenos periodistas defienden su honor, no se dejan seducir por halagos o regalías, son leales a sus empresas y se esfuerzan por proteger el país que es de todos.

Nicolás Maduro, de Venezuela; Rafael Correa, de Ecuador, y  Juan Orlando Hernández, de Honduras, figuran en una lista de gobernantes que han denigrado, insultado o acusado a representantes de medios informativos, como lo denunció en estas fechas Reporteros sin Fronteras (RSF).

La lista es larguísima, pues siguiendo los criterios de esa organización allí caben Daniel Ortega, Evo Morales, Kirchner, Sánchez Cerén, la casi totalidad de presidentes africanos y las cabezas de regímenes islámicos que, casi por mandato religioso controlan, censuran y persiguen a reporteros, editores, articulistas, críticos, analistas y a todo aquel que se aparta de la línea oficial de esos gobiernos.

Por ahora la flor más roja del ramillete es Nicolás Maduro, de Venezuela, que no deja pasar ocasión para coartar libertades públicas, perseguir medios opositores, hacerse con empresas de radio y diarios para unirlos al coro de alabanzas y acallar las denuncias de la grave crisis económica, institucional y moral que está acabando con Venezuela.

Y cada cierto tiempo, delegaciones oficiales o personajes del gobierno salvadoreño respaldan y enaltecen a Maduro y a sus secuaces, uno de los cuales, Cabello, ha sido acusado de ser el cabecilla de un cártel de narcotraficantes.

En ese escenario mundial es que los periodistas salvadoreños celebran hoy 31 de julio su día,  aunque muchas emisoras, publicaciones y centros de opinión se han adelantado, además de solidarizarse con sus colegas perseguidos en todo el mundo.

¿Cuáles son las trincheras, principios y gestas que los informadores deben defender en estos aciagos tiempos?

Lo primero es salir siempre en defensa de la libertad, de la razón y de informar sobre sucesos, denunciando abusos, corrupción y falsificaciones de hechos.

Lo segundo es procurar ser objetivos en lo que informan, decentes en sus posturas, honestos con sus lectores y audiencias, incisivos en sus críticas y patrióticos en su labor.

Los buenos periodistas defienden su honor, no se dejan seducir por halagos o regalías, son leales a sus empresas y se esfuerzan por proteger el país que es de todos.

 Los periodistas que merecen el nombre de tales  actúan como heraldos que pregonan las buenas nuevas y las malas; son los que con sus informaciones sacan de la oscuridad y de mucha ignorancia a los pueblos a los que sirven, los mensajeros que, como el dios Mercurio (o Hermes) de la mitología clásica, recorren el Olimpo esparciendo conocimientos.
 

¿Pueden imaginar un mundo
sin ventanas a la verdad? 

Es difícil, para quienes vivimos en sociedades abiertas donde se mantiene la libertad de expresión, imaginar un mundo en que estemos encerrados enterándonos sólo de lo que sucede a nuestro alrededor. 

Pero ese riesgo está latente, como lo comprueban las posturas de la oligarquía comunista que continuamente ataca  a los medios de difusión por “no informar de lo bueno que hace”, pues en sus cabezas la función de los medios es ceñirse a lo que una dictadura les manda decir, actuar con plena libertad de elogio y adulación.

Es lo que ocurre en Cuba donde únicamente se leen las pobres hojas serviles que presentan como diarios (Granma no pasa de ocho páginas sin color ni publicidad; sólo hay espacio para lo que conviene al castrismo), mientras radiodifusoras y televisión machacan las viles diatribas e adoctrinamiento con que perpetúan una dictadura que lleva  ya más de sesenta años.