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Irresistible todo lo rico e imparables los daños

Los peores enemigos de cada gordo son esos riquísimos platos que el destino pone en su mesa, al igual que las bolsitas llenas de los temibles “engordables” que llevan consigo a todas horas.

Hay tentaciones absolutamente irresistibles, como los tamalitos del fin de semana, los nuégados con chilate, los platanitos con crema, “la sopa de frijoles con oreja de tunco…” irresistible es, para los franceses, la olla podrida; para los alemanes, el codillo de cerdo; para los españoles, la neumática fabada y, para los estadounidenses, el “T-bone steak” hecho a la brasa y a la grasa y, por encima de todo, la comida chatarra.

Pero es mejor resistir, y se resiste en bien de nosotros mismos, para unos más que para otros. De acuerdo con un estudio publicado en la prestigiosa revista médica británica The Lancet, la obesidad en Estados Unidos avanza de manera arrolladora; se teme que para 2030, de noventa y nueve millones de obesos que hay ahora en la tierra de la abundancia, gracias al liberalismo económico, se llegue a ciento sesenta y cuatro millones. La obesidad es un mayor problema entre las mujeres negras e hispanas que entre las blancas. Casi la mitad de las negras del país serán catalogadas como obesas, mientras entre las hispanas se elevará a un cuarenta por ciento.

Hay muchos, muchísimos gordos. Recordando una vieja canción, “que se mueran los feos”, los supergordos tienen más probabilidad de abandonar jóvenes este valle de lágrimas que los flacos o que los menos gordos. Nadie ha hecho canciones para apurar su deceso, en particular pensando que entre ellos hay tantos “genial and jolly”, como se dice en inglés.

Los peores enemigos de cada gordo son esos riquísimos platos que el destino pone en su mesa, al igual que las bolsitas llenas de los temibles “engordables” que llevan consigo a todas horas. Lo que en Italia llaman “ingrassanti”.

Niños sin moral, poca urbanidad y dudosa higiene    

                                        
Es palpable y si no hay tanta confianza, es al menos visible, que cada connacional que llega a residir en Estados Unidos aumenta enormemente de peso en cosa de pocos años, inclusive de meses. Van así y cuando vuelven están asá. ¿La fórmula contra ese mal del siglo? Un conocido aconseja hacer menos ejercicio, “pero menos ejercicio con las mandíbulas”. Observando llegó a la conclusión de que comer más de la cuenta conduce a la gordura, primero, y a la obesidad, más tarde. Por lo mismo, en memoria de Perogrullo, si se quiere rebajar, volver a la normalidad, hay que comer menos.

Al señalar los riesgos y las dolencias que se derivan de la obesidad, The Lancet es más precisa: si una porción de la gente pierde algo de peso, el costo de tratar las enfermedades derivadas de la diabetes, los derrames y los ataques al corazón se reduce de manera considerable.

Puesto en otra forma, si la población baja en un uno por ciento su peso, su masa corporal, se evitarían dos millones de casos de diabetes, millón y medio de enfermedades cardíacas y cerca de cien mil casos de cáncer. Un uno por ciento de la masa de personas que pesa alrededor de doscientas libras equivale a dos libras per cápita.

No es mucho pedir en comparación con los beneficios. Antes, en las escuelas, a los niños les enseñaban moral, urbanidad e higiene. Con esta última materia aprendían a comer bien, a cuidar su cuerpo, a ser limpios, a cepillarse los dientes. Miren las consecuencias de suprimir ese aprendizaje.