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Hay que defender a los cristianos que sufren en el Medio Oriente

Lo que está sucediendo en Siria e Iraq es sólo comparable en horror al genocidio efectuado por los jemeres rojos en Camboya

El sacerdote superior de la Orden de Dominicos, el francés Bruno Cadoré, quien es un experto conocedor de Iraq, ha pedido a Occidente "el inmediato despliegue de unidades especiales en el país", para detener el genocidio que las bandas enloquecidas del ISIS están perpetrando.

Se trata de proteger del exterminio a comunidades cristianas, de los yezidis (una pequeña secta islámica) como de islamitas igualmente perseguidos y masacrados; la guerra, señala, es un último recurso, pero ahora obligado para detener la barbarie.

El Occidente, dice el diario Le Monde de París, con justicia se ocupa de los más de mil víctimas en Gaza, pero olvida a las cien mil personas que han sido expulsadas de Mosul y huyen para salvarse, muchos de ellos nuestros hermanos cristianos que durante siglos han vivido en paz en esos lugares.

La barbarie y el crimen en gran escala se deben condenar en todo momento, aunque los perpetradores invoquen la religión, o el que reciben mensajes de Dios. Y lo que está sucediendo en Siria e Iraq es sólo comparable en horror al genocidio efectuado por los jemeres rojos en Camboya.

Para evitar el colapso de la región, los Estados Unidos han iniciado operaciones de guerra contra el ISIS, al igual que Arabia Saudita y los emiratos del Golfo, que hace un par de días atacaron posiciones del ISIS.

Los yihadistas, además de asesinatos en masa, han forzado la esclavitud y la mutilación de mujeres, destrucción de parte del patrimonio artístico e histórico de Iraq, la forzada evacuación de ciudades, lo que ha llevado a campos de refugiados en condiciones lamentables.

Cristianos, yezidis y otras comunidades están siendo desplazados y huyen para salvarse, como en Centro-América sucede con niños y jóvenes que tratan de escapar de la violencia desatada.

Los más iguales que el resto conducen autos sin placas

El desplazamiento forzado de muchas comunidades y sectores es el gran drama salvadoreño, que inicia con la agresión guerrillera de los Ochenta. En esa época, primero decenas de miles y luego centenares de miles, fueron forzados a salir de las zonas rurales bajo ataque a las ciudades o al exterior.

A ese éxodo se agregó más tarde la salida de otros centenares de miles de personas a causa del cierre de muchas empresas por agitación laboral, sabotajes, secuestros de directivos y las medidas que iba imponiendo el régimen duartista, el primero de izquierda en el país.

El resto de la historia la conocen los menos jóvenes entre nosotros como la desconocen las nuevas generaciones, tan propensas, aquí como en todas partes, a dejarse seducir por demagogos, los mercaderes de ilusiones. Y la historia sigue con otra clase de violencia, la de la droga, las pandillas, las extorsiones, quedando siempre en el aire aquello de ¿dónde es que las bandas de hoy aprendieron ese oficio, a organizarse en clicas, a extorsionar?

El régimen ha fallado en defender a la población, defensa que ahora se vuelve mucho más difícil para una persona que logre repeler una agresión pero puede ir a la cárcel a encarar peores peligros. Y esto se debe, en parte, a que la gran clase política va en automóviles sin placas, rodeada de gente armada hasta los dientes.

Aquí, hay que decirlo, todos somos iguales, pero hay unos más iguales que otros, lo que les vuelve insensibles al terrible drama salvadoreño.