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Guatemaltecos están a tiempo de evitar otro desastre

Cada guatemalteco debe dormir con un ojo abierto, recordando que el precio de la libertad y el precio de una democracia verdadera es la permanente vigilancia y la permanente defensa de las instituciones

Jimmy Morales, protagonista de un programa de televisión humorístico, se posiciona en Guatemala como el ganador de las elecciones tras sacarle amplia ventaja a la exesposa del expresidente Colom, la cual en su momento llegó hasta a divorciarse de su consorte para poder sucederlo cuando saliera del poder.   

Muchos dirán que no se puede esperar mucho de un cómico, aunque siempre hay sorpresas.

Pero después de lo sucedido con el recién enjuiciado presidente, Guatemala puede activar los candados y controles necesarios para que el próximo mandatario llegue a servir a su país y a vivir con mesura, no a servirse de su país y pasarla de francachela en francachela.

Cuando los figurones a la cabeza de un régimen se enriquecen inexplicablemente y abusan viajando —lo que se conoce como ordeñar la vaca al máximo— es de esperarse que el resto de subalternos, viceministros, otros diputados, funcionarios de inferior categoría también abusen al máximo, valiéndose de aquello de “si éste lo hace, ¿por qué no lo haré yo?”.

Y aquí se cumple en parte la advertencia que hizo Lord Acton: cuando el poder se ejerce sin contrapesos ni controles, el cuerpo estatal se corrompe. Y en un estado casi totalitario, la corrupción se extiende hasta el más pequeño resquicio del cuerpo social.

Los guatemaltecos llegan a las puertas de un nuevo gobierno escaldados, lo que les da la oportunidad de poner en pie nuevas reglas, efectivos contrapesos, esquemas que les facilite indagar, supervisar y controlar.
 

El ganador recibe la oportunidad
de servir con honor a su país

Es esencial que en esta coyuntura se exija al futuro presidente nombrar a las personas más calificadas y con un historial de honestidad, en los puestos claves del futuro gobierno. Guatemala debe estar muy clara que el nepotismo, como las barridas de funcionarios y empleados para colocar militantes y adeptos, es una forma grave de corrupción, como se ha visto en El Salvador y el mal endémico de Venezuela.

Cada guatemalteco debe dormir con un ojo abierto, recordando que el precio de la libertad y el precio de una democracia verdadera es la permanente vigilancia y la permanente defensa de las instituciones y del Orden de Derecho.

Guatemala tiene a su favor el hecho de que fue un esfuerzo contra la impunidad y la corrupción patrocinado por Naciones Unidas, así como los medios de difusión y amplios sectores de su sociedad, los que movieron las cosas hasta llegar a la fruta podrida. 

Lo esencial es preservar el espíritu de la lucha que condujo a la caída del expresidente y de su segunda al mando, que no fue una vendetta política, sino un despertar cívico, una reacción contra un estado de cosas que de haber seguido habría llevado a una dictadura de corruptos. El colapso de las instituciones y de los servicios públicos  era inminente, como está sucediendo en El Salvador, país en que las leyes y las investigaciones se aplican a unos pero no toca a los que la gente sabe son los corruptos mayores.

Eso deben recordar a los triunfadores en la elección: reciben la oportunidad de servir con honor a su país.