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Gastan más en guardaespaldas que el papa Francisco

No cuadra en la cabeza de la diputada que un personaje que vivía de su salario en casa alquilada, más tarde muestre señales inequívocas de un enorme enriquecimiento

Mantener en uso Casa Presidencial y la enorme caravana de vehículos seguidores, policías y motorizados que usa el actual presidente, dijo el candidato rojo, alegando que se trata de "bienes públicos" de los que ningún mandatario puede disponer libremente.

Esto plantea una contradicción: hay más policías y vehículos cuidando al presidente de un país empobrecido en parte por esa clase de despilfarros, que los que están al servicio del papa Francisco quien, en repetidas veces, ha condenado el boato y los excesos de individuos que meten mano en bienes públicos para sostener tal clase de aparataje.

Es fácil continuar disfrutando de un tren de vida que no le cuesta nada a quien lo recibe, pero que pagan todos los pobladores de un país; se alega que son normativas inescapables, no sólo residencia y caravanas, sino también suntuosos banquetes, continuos viajes al exterior, fiesta permanente… Los de a pie deben agradecer que haya quienes se sacrifiquen gastando su dinero.

Pero no se trata sólo de los mandatarios, sino además de sus mujeres, sus parentelas, los niños que van a colegios, los Ferrari de los prestanombres, la traída de la peinadora, la cocinera que va de compras… Son cuantiosas las sumas que cargan sobre los exiguos presupuestos destinados a oficinas de gobierno y servicios públicos.

Los despliegues de seguridad, las motocicletas con sirenas, el boato, son siempre parte del endiosamiento de dictadores potenciales, como se manifestaba, en un caso extremo de megalomanía, en los uniformes, túnicas, cachuchas, gorros con adornos de oro, tronos y demás parafernalia de Gadafi, que terminó linchado después de esconderse en una tubería de descargas.

El boato es parte del "autoempiscuchamiento" de gente cuyas tragaderas, por lujos y señales externas de poder, son insaciables, como lo está demostrando el actual déspota venezolano, un individuo de escasa instrucción que oye voces desde lo alto, las voces de Chávez y otras deidades y, por lo mismo, se creen autorizados para disponer de la vida y los bienes de un pueblo entero.

Pronto se llega, como el dictador ecuatoriano, a apresar personas que, en el trayecto de su caravana, hacen señales de repudio, o a dar una pateada a quien no se aparta de la ruta, como sucedió ya en El Salvador, sumado esto a las pobres personas sencillas que se cruzan en el camino y son atropelladas.

Para que el jefe pueda robar, deja que también lo hagan los subalternos

La inconsciencia, o cinismo de esos individuos, llevó a la diputada Ana Vilma de Escobar a pedir que se investiguen los gastos y los patrimonios de quienes pasan por la Presidencia de El Salvador, ya que hay un contraste abismal entre lo que eran sus formas de vida antes de llegar al poder y lo que son ahora. No cuadra en la cabeza de la diputada que un personaje que vivía de su salario en casa alquilada, más tarde muestre señales inequívocas de un enorme enriquecimiento, una cuestión de interés primordial para la opinión pública.

El problema de la corrupción va más allá de casos puntuales, pues para sostenerse, los corruptos tienen que tolerar que otros, dentro de la pirámide del saqueo, también se llenen los bolsillos. El subalterno roba cuando el jefe roba, pero el jefe tiene que callar lo que hacen quienes están debajo de él porque se expone a que estos lo denuncien.