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Fueron por lana a Washington y vuelven de allá trasquilados

Los que pagan las consecuencias de tanta torpeza son los pobladores, pero en particular las familias y comunidades que esperan mejorar su productividad

La postergación del programa de Fomilenio II, dada a conocer por dos influyentes líderes del Congreso de los Estados Unidos, comprueba que a los ojos de los patrocinadores el régimen salvadoreño carece de la capacidad y de la solvencia institucional y moral, para realizar con éxito un programa de tal envergadura.

Ya hubo Fomilenio durante las administraciones anteriores a esta, bajo la responsabilidad y dirección del ingeniero Ángel Quirós, quien lo ejecutó y concluyó con eficiencia y transparencia. Pero una cosa es un gobierno que actúa con sensatez y otra lo que se padece hoy en día.

El informe del aplazamiento del programa después de la misión del Ejecutivo a Washington --una más de las pomposas, costosísimas y nutridas que les encantan-- sólo hace pensar que no hay confianza en el régimen. A esto se suma el hecho de que, como lo dicen los congresistas, hacen mucho ruido las denuncias de corrupción oficial y no se va a ninguna parte con el enfrentamiento del Ejecutivo con el sector que produce y da empleo, además de que choca la falta de cabeza para diseñar y llevar a cabo siquiera una modesta gestión pública y es abismal la incapacidad para administrar los recursos estatales.

No podía esperarse otra cosa después de varios años de desorden, de falta de rumbo, de "servirse en vez de servir", de carencia de ética y falta de escrúpulos. Ningún régimen puede esconder sus truculencias y abusos, pues en el mundo actual se vive con paredes y techos de vidrio.

Los perjuicios de la incapacidad los pagan todos

Por continuar en los bailoteos, las insultaderas y asignando cargos por favoritismo y cruda politiquería, no se ha puesto en funcionamiento el Gran Puerto de La Unión, con lo que se dio un golpe de muerte a lo esencial de la obra, que era reactivar económicamente el oriente de la República. En vez de sentar la base de mayor actividad y progreso, la zona, que merece mejor suerte, está afectada en la decadencia general.

A ello se suma el desastre de El Chaparral, paralizado por hoy, que ha costado muchísimos millones de dólares y que nos sitúa por debajo del punto de partida, al poner programas de esa envergadura en manos de gente carente de los conocimientos y la inteligencia para realizarlos.

Es evidente el saqueo de todo el sistema de generación eléctrica y la patriotería para justificar semejantes barbaridades.

De llegarse a denegar el Fomilenio II se echaría abajo la reactivación de la zona costera de El Salvador.

Los que pagan las consecuencias de tanta torpeza son los pobladores, pero en particular las familias y comunidades que esperan mejorar su productividad al contar con superiores vías de acceso a los mercados del país.

Todos, desde campesinos de Gotera hasta agricultores del Bajo Lempa son parte de inmensas cadenas de producción; al implantar políticas que deprimen un sector, o dilapidar recursos escasos, se afecta el conjunto nacional. De allí la necesidad de generar confianza y de acatar el orden de leyes y la institucionalidad de un país, pues mientras más orden y confianza exista, mayores serán los frutos del trabajo.

Pero, por lo mismo, los perjuicios derivados de la incapacidad, la ignorancia y las tonterías (en adición a lo que haya de sinvergüenzadas) los pagan todos y los pagan con más penurias y sufrimiento, los menos productivos, los pobres.