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El flagelo actual de sicópatas que asesinan por asesinar

Esto que estamos sufriendo en El Salvador, es la gran plaga del Medio Oriente, castiga a comunidades en Estados Unidos, asuela regiones de México, es lo cotidiano en Venezuela

Un jurado condenó a cadena perpetua (la pena, afirman muchos, debió ser la pena de muerte) al desquiciado que mató a doce  personas en un teatro de Aurora, Colorado, disparando un arma automática. Y si en Estados Unidos se han dado casos similares, en el Medio Oriente, en Bangladesh, en Iraq, las matanzas de inocentes son casi lo cotidiano, la mayoría de veces cuando enloquecidos se hacen estallar frente a mercados, mezquitas, calles...

El demente que perpetra esos atentados tiene un sólo perfil: inhumanidad, fanatismo, odio, estupidez extrema. Ninguna persona normal puede imaginar lo que pasa en el cerebro de criminales, secuestradores, homicidas seriales ni narcotraficantes ni menos de los que matan por matar, los sicópatas.   

Y esto que estamos sufriendo en El Salvador, es la gran plaga del Medio Oriente, castiga a  comunidades en Estados Unidos, asuela regiones de México, es lo cotidiano en Venezuela.

Ametrallar espectadores en un teatro es lo equivalente a los homicidios en El Salvador, donde, de manera indiscriminada, disparan contra personas que toman una bebida en una refresquería, los pasajeros o el motorista de un bus, una señora y sus dos hijos...
En todos estos casos el “perfil” del homicida es invariablemente igual: ignorancia, embrutecimiento por drogas o doctrinas extremistas, estar mentalmente sometidos a los capos, jefes de pandillas, el gurú, el que guía el rebaño.

Se trata de una forma de esclavitud, servidumbre peor que aquella que prevaleció a lo largo de la historia y desde el momento en que los vencedores dejaron el canibalismo de los vencidos y los esclavizaron.

Pero de igual manera que el asesino, el sicópata, el fanatizado es semejante a los peones en un tablero, lo individual, singular y vivo de las víctimas es la regla. No hay dos payasos iguales ni dos parroquianos de refresquerías ni dos cristianos en Alepo ni los secuestrados en la época del terror urbano en San Salvador.

Cada uno es diferente, diferentes sus logros, diferente lo que hacen, diferente su educación y el papel que juega en su comunidad y su país.
 

Un maestro que enseñaba
a niños de comunidades pobres

 

Pueden dos policías llevar un mismo uniforme pero al llegar a sus hogares ser distintos y, en su mayoría, estimables como el que fue muerto frente a las oficinas del  Parlacen o el asesinado mientras ayudaba a su compañero en una mudanza. Y todos  dejan familias desgarradas de dolor y con frecuencia en el desamparo.

Nos golpeó el alma, tanto como a su familia, a sus compañeros de trabajo y a su jefe,  el asesinato de don Orlando Campos, excelente maestro de computación en una escuela pública que cuenta con uno de los pocos centros de capacitación “nivel AAA”, para niños de todas las edades que opera en el país.

Y fue asesinado cuando llegó a visitar a un amigo que le pidió ayuda en cosas de computación. El sicópata lo mató “por ser un extraño”.
El profesor Campos, único sostén de sus padres mayores, estaba en proceso de finalizar el equipamiento, renovación y actualización de la sala de cómputo, que recibiría en una semana nuevos equipos, nuevos mobiliarios, nuevos auxiliares didácticos.

Y todo en beneficio inmenso de niños y jóvenes provenientes de familias pobres, vendedoras, buhoneros... familias de las vecindades de La Tiendona y la Calle Concepción, familias que no disponen de otra alternativa para enseñar computación a sus hijos...