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Fiestas agostinas, verbenas, festivales y comilonas

El Occidente, donde todos somos hijos de las tradiciones y el pensamiento de los griegos, la alegría, el humor, la sátira asientan sus reales, pese a un milenio de Inquisición y de intolerancia

Las fiestas agostinas en honor del Divino Salvador del Mundo son la modalidad nuestra de celebraciones, festivales de cerveza y comida, regocijos populares y verbenas que en todas las latitudes, épocas y pueblos tienen lugar, menos en países sometidos por despotismos o hundidos en la superstición.

En Grecia se celebraban festivales y cultos a Dionisio, momentos en que los pobladores, hombres y mujeres, se abandonaban a excesos y libertinajes, como más tarde sucedió con los saturnales romanos o con los carnavales, con el “martes graso” de Nueva Orleáns y las fiestas de octubre en Münich que datan desde hace más de un siglo.

Las fiestas a Dionisio, el Dios del Vino, eran el contraste de la religión oficial, el culto a los dioses olímpicos, a la luz y en una medida a la razón. Por un lado Apolo, el dios que conducía su carro, el Sol, de uno a otro confín de la Tierra, y Dionisio, Baco, que se asentaba en lo demoníaco, en lo oscuro del alma humana.

El Occidente, donde todos somos hijos de las tradiciones y el pensamiento de los griegos, la alegría, el humor, la sátira asientan sus reales, pese a un milenio de Inquisición y de intolerancia. Dice mucho que el himno oficial de la Comunidad Europea sea el Himno a la Alegría que compuso Beethoven sobre un poema de Federico Schiller.

Nada de eso existe en el Medio Oriente, “donde todo es pecado” como igualmente no se permite en los campamentos de guerrillas: oír música, ponerse a bailar o reír más de la cuenta puede llevar a jóvenes a la muerte, como lo hizo con centenares el “Mayo” Sibrián durante la agresión a El Salvador.

Mientras más primitivo es un pueblo o una persona, más elementales o crudas son sus festividades y sus alegrías. En la película clásica “Perro Mundo” se muestra una especie de festival del cerdo entre aborígenes de Borneo; cada cierto tiempo sacrifican un número de cerdos, los asan y literalmente “se los hartan” hasta que todos caen profundamente dormidos por días y días.

Y un tema similar trata la cinta “La Gran Comilona”, cuyos protagonistas comen hasta marcharse al otro mundo.

La alegre vendimia del vino y la sabrosa del olivo

Es natural que al haber sucesos importantes, como cuando se casan príncipes o nace un heredero a la corona, los festejos se extiendan a toda una ciudad, llegando a la clase de banquetes y celebraciones representados en pinturas, como los cuadros de las Bodas de Caná del Veronés, ocasión cuando Cristo convirtió agua en vino, divinizando así los elíxires derivados de la uva.

Las vendimias son otra maravillosa tradición en Europa, culminando la recolección de uvas para transformarlas en vino después que doncellas pisan la uva, como, en otra variante, la recolecta de olivos para elaborar el aceite de oliva. Y tan agradable y delicioso es lo uno como lo otro.

En los olivares y llegado el momento en que la semilla de aceituna se comprime para extraer el aceite, hay un festejo único: los invitados se ponen en fila y a cada uno le entregan un plato con pan y un puñado de pimienta recién molida. Luego se pasa a otra mesa donde le sirven un chorro de aceite para comer el pan mojado en el aceite y la pimienta, un manjar especial que se vuelve glorioso cuando sucede en los montes que rodean a Florencia...!