Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Felicidad por decreto imponen en Venezuela

Pero no hay que reírse mucho pues aquí, con otro nombre, quieren perpetuar las pensadas sociales del presente régimen

No toca a cada uno de nosotros labrar su felicidad, sino que es un estado anímico, un éxtasis que nos dispensan los gobiernos…

El estrafalario déspota de Venezuela resiente que a lo ancho del mundo se rían de sus ocurrencias y de que hable con pajaritos, pero muy especialmente del recién creado viceministerio para la Suprema Felicidad Social.

Pero no hay que reírse mucho pues aquí, con otro nombre, quieren perpetuar las pensadas sociales del presente régimen, para que por siempre se dispensen en El Salvador los vasos de leche, los uniformes confeccionados por talleres a los que no les pagan, la Ciudad Mujer y otros, aunque los servicios públicos estén casi colapsados, la corrupción sin freno y la violencia cobrando vidas día a día.

En un viejo cuento, la camisa del hombre feliz, a un rey desdichado le aconsejan, para ser feliz, ponerse la camisa de un hombre que lo sea. Y buscan por todo el reino hasta finalmente encontrar a un hombre feliz ¡pero éste no tenía camisa!

Los venezolanos todavía tienen camisas aunque les falte papel higiénico, biberones, medicinas, pollos en los supermercados, electricidad... pero ahora serán oficialmente felices gracias al viceministerio.

La felicidad por decreto.

Y aquí por decreto una similar felicidad la tendremos: las ocurrencias del Ejecutivo, inamovibles, eternas. Y para convencer a los diputados, el señor presidente se hizo acompañar por una marcha de varias cuadras que vino a ser el rebalse de otras manifestaciones que generaron caos en las calles de San Salvador. No se debaten programas ni se calculan beneficios contra costos, sino que se pone a marchar a la gente como si eso fuera un argumento válido.

Más de alguno de ustedes, apreciados lectores, ha visitado una granja de pollos.

Las aves están todas frente a un pesebre que regularmente se llena de granos y pienso. No tienen otra cosa que hacer que picotear para ser felices. Y eso se quiere para los humanos.

Los pollos no necesitan ganar el sustento con el sudor de sus alas ni la agilidad de sus patas, sino que les llega regularmente, sin falla.

El único problema de los pobres pollos es que regularmente algunos de sus camaradas desaparecen de los que ya no se vuelve a saber, como sucede a tantos en esta tierra.

El totalitarismo es la dependencia total, inescapable

La felicidad de los pollos se concibe por los avicultores como un estado en que no hay que molestarse para recibir, sino que es suficiente sentarse a esperar que los alimenten, los vacunen, los abriguen y, al final, los lleven a la morada eterna, como está sucediendo con gran parte de los venezolanos a los que el gobierno les da de todo, menos un trabajo en el cual se ganen su vida por su cuenta.

Esto es lo que una modesta escala se pretende implantar en El Salvador, pese a que aquí una parte sustancial de los presupuestos sociales se embolsan por los funcionarios, sus parentelas y sus amigatelas.

Y esto se busca con la perpetuación de las pensadas sociales del actual régimen: crear una población dependiente, que no apuesta por su iniciativa, su responsabilidad y su trabajo para ser feliz, sino en lo que pueden darle otros.

Lo que es la naturaleza del totalitarismo, reducir a los pobladores a recuas de seres que no hacen nada por sí mismos sin contar con la autorización y las órdenes de las cúpulas en el poder, del Gran Hermano.