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El fanatismo es peor que la lepra bíblica

Los rojos no son racionales sino "dialécticos". Y precisamente por ser "dialécticos", por abjurar de la razón, es que están inhabilitados para ejercer de jueces y magistrados

El fanatismo es peor que una lepra, pues la maldición bíblica puede curarse o contenerse hoy en día, pero los que se creen dueños de la verdad nunca logran superar su mesianismo. Los yihadistas, los talibanes, los estalinistas, los jemeres rojos, los nazis se creen o se ven a sí mismos como dueños de vidas y patrimonios ajenos, como sucede actualmente en la Cuba castrista, el modelo de sociedad al que aspira el candidato comunista, o el que se está apoderando de Venezuela.

No hay un solo caso de pueblo que caiga en el comunismo que no pierda en corto tiempo sus libertades, su prosperidad y su derecho a escoger sus gobernantes. La regla de hierro es el entronizamiento de por vida del déspota a la cabeza del sistema, como sucede también en los partidos rojos de todo el mundo: los cabecillas nunca cambian a menos que mueran o sean purgados.

El expresidente de la Corte dijo, al ser removido de su cargo, que no había impedimento alguno para que él ejerciera el más alto puesto del sistema de justicia del país, por ser miembro de "un partido político". Pero el caso es que la agrupación a la que pertenece no es un partido sino una secta, una ideología que rechaza el Derecho, desconoce la moral y reemplaza la razón por la conveniencia.

O en palabras de su principal ideólogo los rojos no son racionales sino "dialécticos". Y precisamente por ser "dialécticos", por abjurar de la razón, es que están inhabilitados para ejercer como jueces y magistrados.

Sobresalieron

en nepotismo y hostigamientos

No es accidental que para alcanzar el comunismo en su última etapa, para llegar a esa "suprema condición de la sociedad sin clases", el ideal de bienaventuranza, haya que pasar sobre montañas de cadáveres, sobre los sesenta millones de muertos del maoísmo, los diez millones exterminados por los nazis, o los setenta mil muertos que la agresión roja costó a El Salvador.

Es imposible impartir justicia, dar a cada quien lo suyo, si no se falla con el apoyo de la razón, de la moral y de la experiencia. La jurisprudencia que rige en nuestras naciones se basa en lo racional y en el Orden Moral; las leyes y la misma Constitución no se conciben si no responden al discurso racional, a lo que puede ser demostrado de manera racional y ajustado a los principios morales; si el juez no razona y tampoco entiende ni acepta el mandamiento moral, no podrá fallar en forma imparcial y apegado a Derecho.

Pero a ello hay que agregar la sensatez, la decencia, lo que encaja con el mundo del trabajo, con las realidades que se viven día a día. Pero es prácticamente imposible que grupos que nunca han trabajado en ese mundo real, que nunca han producido nada, que nunca generaron salarios, que nunca ganaron el pan con el sudor de su frente, tengan la capacidad o las credenciales para juzgar a otros, a los que con esfuerzos y sacrificios se abren paso.

En el lamentable año que finalizó al destituir al expresidente de la Corte, no hubo fallos ejemplares, defensa de principios, enunciados jurídicos que sentaran criterios y escuela.

Sí hubo nepotismo flagrante, reparto de plazas a miembros del partido, persecución de personal de ideas contrarias, resoluciones con dedicatoria, abundancia de truculencias.