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¿Está el país preparado para combatir el zika?

No podía venir esa plaga en peor momento, cuando los servicios de salud están casi colapsados a causa del torpe manejo de los titulares, que no cesan en sus enfrentamientos con los médicos y residentes, además de dividir al gremio.

El Salvador, al igual que la mayoría de países, está en emergencia por la plaga del zika y los posibles efectos que eso puede acarrear  en las embarazadas y en los niños por nacer.

No podía venir esa plaga en peor momento, cuando los servicios de salud están casi colapsados a causa de la ineficacia de los titulares, que no cesan en sus enfrentamientos con los médicos y residentes, además de dividir al gremio con la llegada de cubanos, que bien puede ser un cuerpo represivo con gabachas blancas como en Venezuela.

Y para coronar el pastel, el gobierno está en crisis de dinero, con deudas hasta la coronilla, con ingresos fiscales a la baja y con Hacienda manejando ineficientemente su cometido.

Las buenas mamás aconsejan a sus hijos no gastar lo que no tienen, como la fábula de la cigarra y la hormiga enseña que hay que ahorrar para el futuro y para cubrir eventualidades.

Y que eventualidades, catástrofes y “actos de Dios” están a la vuelta de la esquina lo comprueba esta emergencia, lo demuestra la guerra de las pandillas contra El Salvador, se pone de manifiesto en la crisis del agua y acongoja por la tragedia de los niños y personas que huyen hacia Estados Unidos a encontrar otros espantos.

La preparación del país para enfrentar emergencias se mide por las reiteradas muestras de ineficiencia que los entes y oficinas encargadas vienen dando, sobre todo a raíz del huracán Ida, en noviembre de 2009, cuando se dice que los responsables de atender a la población estaban enfiestados y apagaron los celulares.

El mejor recurso en las presentes circunstancias nacionales es dar varias vueltas en procesión al parque del pueblo, cargando la imagen del santo de la localidad...
 

Con gente inexperta
no se enfrentan catástrofes 

Enfrentar desastres, calamidades de diversa naturaleza, terremotos, etcétera, requiere mucha previsión, preparar planes de contingencia, cultivar contactos con entidades similares de otros países (aunque eso no justifica viajaderas como tanto gustan a los funcionarios. Suficiente hablar por Skype), analizar probabilidades.

Y a esto se suman realidades como la casi imposibilidad de predecir movimientos tectónicos versus las mediciones que anticipan una erupción volcánica.

Y terremotos, por desgracia, se suceden cada veinte o veinticinco años en El Salvador, lo que casi define el tiempo de vida del flamante hospital de la primera y última piedra del desgobierno pasado.

Tampoco se prepara un país para enfrentar calamidades con nombramientos a dedo de gente sin experiencia. No hay catastrofetólogos, pero hay epidemiólogos, profesionales en temas fluviales, gente preparada en asistir víctimas como los socorristas a quienes se refuerza con equipos y grupos de asistencia, etcétera.

Es obvio que hay que hacer un mapeo para las distintas eventualidades, que no son muchas y que en  todo caso tienen características en común, desde albergar damnificados hasta vacunar para que no se desarrollen epidemias. Si hay aguda carestía de medicamentos en los hospitales, menos los habrá para tender de un momento a otro heridos y traumados.

Y ahora con el zika que ha caído como una bomba como todas las pestes, desde las influenzas del siglo pasado, el ébola en África, las vacas locas... pero la humanidad no está tan indefensa hoy en día como con la peste negra de la Edad Media.