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Enloquecidos islamistas asesinan al periodista James Foley

El horror del Medio Oriente, donde suman millones las víctimas de antagonismos sectarios y de la cruda demencia, ha cobrado su macabra cuota de periodistas muertos, asesinados a sangre fría o desaparecidos

Es gracias a ellos, a periodistas que por vocación afrontan peligros, sufren vejámenes, se ven forzados con frecuencia a vivir en condiciones precarias, pasar hambre y pasar sin dormir, que sabemos lo que sucede en diversos lugares del mundo inmersos en guerras, carnicerías y demencia.

Muchos periodistas y los legendarios "corresponsales de guerra" --Churchill fue uno de ellos-- han sobrevivido para contarlo o han muerto en el desempeño de esa interminable y eterna búsqueda de la verdad tras sucesos y tragedias.

El horror del Medio Oriente, donde suman millones las víctimas de antagonismos sectarios y de la cruda demencia, ha cobrado su macabra cuota de periodistas muertos, asesinados a sangre fría o desaparecidos sin dejar rastro. Uno de esos mártires fue el corresponsal del Wall Street Journal, Daniel Pearl, decapitado a sangre fría por sus captores; la más reciente víctima es James Foley, degollado frente a una cámara por militantes del ISIS, un enloquecido movimiento islámico que va dejando tras de sí una estela de homicidios, destrucción, salvajadas de toda especie y terror.

Foley, un periodista independiente que trabajaba para la agencia europea France Press y el periódico bostoniano Global Post, desapareció en Siria, en esa cruenta guerra civil que Occidente no pudo detener a tiempo y que lleva más de ciento cincuenta mil muertos y millones de desplazados. Y pese a que el déspota Assad ha utilizado y sigue utilizando gases asfixiantes contra los rebeldes, ni China ni Rusia le quitan su apoyo.

Siria, de la misma manera que Afganistán y Pakistán, ha sido el escenario del asesinato de periodistas, tanto europeos y estadounidenses como egipcios y del Medio Oriente.

Foley, Pearl y el resto de periodistas que han caído por ejercer su profesión son mártires de la libertad, hombres y mujeres inmolados por ir tras la verdad y exponer ante el mundo lo que se sufre y se llora en esos infernales lugares donde fanáticos matan y destrozan.

Eso ha venido sucediendo en Afganistán, en Egipto (donde hay varios corresponsales condenados por informar sobre las revueltas en El Cairo) y, por desgracia también, en nuestra América, desde Venezuela hasta Argentina y ha sido una de las manchas espantosas del castrismo.

La defensa contra la dictadura es siempre la libre expresión

Esconder a verdad, encubrir crímenes y corrupción, perseguir al que dice y critica, vigilar a los informadores interviniendo sus comunicaciones, es la perenne marca de las dictaduras. Estas siempre inician con agresiones a la libertad de expresión, se trate de negar información, de intimidar, de amenazar, de tomar represalias económicas.

No hay despotismo que permita diarios y emisoras libres ni se implantan las dictaduras cuando el ciudadano puede hablar, criticar, señalar y debatir.

La familia de James Foley ha reaccionado con grandeza ante la tragedia, solidarizándose con familiares de otros periodistas cautivos. Y ninguno de ellos presiona a su gobierno para que cese la defensa y eventual reivindicación de los perseguidos y victimizados en Siria e Iraq.

Nosotros en EL DIARIO DE HOY ya sufrimos el asesinato de articulistas que opinaban y luchaban para detener el horror que martirizó a El Salvador durante la agresión roja: Francisco Peccorini, Edgard Chacón, Gabriel Payés y, relacionado con esa misma lucha, Antonio Rodríguez Porth y Rafael Hasbún. Ese trágico recuerdo nos solidariza con los deudos de James Foley y de tantos otros cautivos.