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Egipto entre la modernidad y el fanatismo arcaico

Acabar con "los infieles" es una consigna que prevalece en la vasta región, alimentada con el dinero del reino saudí y de los fundamentalistas de Irán, los que, a su vez, fomentan y pagan el terrorismo en el mundo

Las noticias de Egipto y El Cairo espantan, pues los muertos se cuentan por centenares y se dan casos como una planificada fuga de reos, que terminó con la muerte de casi todos ellos. No ceja "La Hermandad Musulmana" de desafiar al gobierno, que no está dispuesto a que el país caiga en poder de fanáticos.

Un Estado contemporáneo no puede, o no debe, renunciar a lo racional, a ser parte de la comunidad de naciones que aspiran al desarrollo, a la convivencia pacífica, a la tolerancia y al progresivo perfeccionamiento de sus instituciones.

En Egipto han chocado las fuerzas oscurantistas, las estructuras religiosas de hace quince siglos, con el anhelo de grandes sectores de la población de incorporarse a la modernidad, de dejar tras de sí la oprobiosa dictadura de un esquema, la Sharia, que impone reglas para todo lo que se hace. Y la principal víctima de tal teocracia es la mujer.

Leemos de los muertos, del choque entre los seguidores de Mursi, de los enloquecidos religiosos y de la determinación del gobierno de no entregar libertades e instituciones fundamentales.

Pero también, en este cuadro de violencia, apenas se informa de la persecución que sufren la minoría cristiana, los coptos, la pequeña comunidad judía, los seglares y los extranjeros.

El ciego fanatismo es la tragedia del Medio Oriente, cada vez menos tolerante y más propenso a matar y a perseguir a los que no practican el Islam en alguna de sus formas. Acabar con "los infieles" es una consigna que prevalece en la vasta región, alimentada con el dinero del reino saudí y de los fundamentalistas de Irán, los que, a su vez, fomentan y pagan el terrorismo en el mundo.

Los locos que quieren imponerse

sobre sus congéneres

Las sociedades occidentales basan su ley y su organización humana en unas pocas prohibiciones, en resumen las plasmadas en Los Diez Mandamientos, dejando a la persona libre para hacer, buscar, organizar y vivir de acuerdo con sus anhelos y sus posibilidades.

No se nos impone, a los miembros de una sociedad libre, cómo debemos vestirnos, las veces que tenemos que ir o no a un templo, en qué vamos a trabajar y cómo escogeremos a nuestra pareja, siempre y cuando no se violen los preceptos básicos: no matarás, no robarás…

Los fanáticos, sean comunistas, talibanes, iraníes, shiitas, o inclusive homosexuales obsesionados y homofóbicos ciegos, buscan imponer sobre el resto de sus congéneres sus formas de pensar y lo que consideran su "cultura".

En los centros comerciales de las capitales europeas se ven musulmanas cubiertas de la cabeza y con vestimentas que las cubren hasta los pies, pues no se atreven a ir vestidas con ropa ligera con sus piernas y su cabellera al aire.

No deben extrañar las espontáneas alianzas entre las sectas fundamentalistas y violentas del Medio Oriente con los regímenes comunistoides de nuestro Hemisferio; en ambos casos lo que se busca es imponer una regimentación brutal sobre hombres y mujeres, sometidos al dictado de mediocridades que se creen en posesión absoluta de la verdad.

Nadie, en sus cinco sentidos, quiere esto, lo que obliga a estar a la defensiva frente a los lobos con una pasajera piel de oveja, desquiciados mentales que matan sin vacilar al que se les opone.