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¿De dónde los grandes calores? De la deforestación y la reforma

Por no hacer nada para revertir el proceso de desertización del territorio, los migueleños y, eventualmente, todos los salvadoreños se exponen a que las temperaturas superen los treinta y cinco grados

Nada sucede sin una causa, lo que debe motivarnos a indagar por qué estamos sufriendo grandes calores y, por consiguiente, encontrar la manera de reducirlos o, al menos, impedir que año con año el problema se vuelva más agudo.

En los viejos tiempos la temperatura de San Miguel era de cinco a ocho grados más baja que en la actualidad, lo que muchos atribuyen a la deforestación de la zona oriental como a la tala de árboles cuya madera se usó para durmientes del ferrocarril, troncos que se colocaban sobre el balastro y en los cuales se instalaban los rieles.

Esos durmientes de madera fueron posteriormente sustituidos por piezas de hormigón, pero nadie se ocupó de volver a sembrar los árboles.

La tala de árboles se mantiene, en gran parte, por las ladrilleras que los usan como combustible, lo cual es la principal causa de la deforestación en el país, sin que nadie se ocupe de prohibirlas, pese al enorme perjuicio causado. La leña utilizada en hornos de madera, o para cocinar en el campo, es proporcionalmente un daño menor.

A lo que era una preocupante situación se sumaron, en los Ochenta, los efectos de la Reforma Agraria, que usurpó tierras de labranza cuidadas y mantenidas, para entregarlas a jornaleros que , de inmediato, no sólo a sacrificaron los hatos para comerlos, sino también cortaron los árboles de esos terrenos para venderlos como leña, ya que no tenían la capacidad para mantener los previos cultivos.

Cualquiera puede constatar el desastre del programa golpista visitando las tierras del llamado "sector reformado" y comparar su actual situación con lo que anteriormente existió. Y uno de los casos más patéticos son Tierra Blanca y la hacienda La Carrera, en su momento, emporios de producción tecnificada pero que ahora son matorrales pedregosos.

Y el desastre no sólo se va a perpetuar, sino además a profundizar, pues "no crece mata" sin que de inmediato leñadores furtivos o lugareños la corten.

Únicamente la agricultura tecnificada

protege la tierra y la naturaleza

La deforestación ha llevado a las sequías y ello a que ríos y corrientes de agua también desaparezcan.

Por no hacer nada para revertir el proceso de desertización del territorio, los migueleños y, eventualmente, todos los salvadoreños se exponen a que las temperaturas superen los treinta y cinco grados, luego los cuarenta y más adelante los cuarenta y cinco, como en el Medio Oriente. De allí que Bagdad sea la capital más calurosa del mundo, superando en julio los cincuenta grados centígrados.

Lo que vale preguntarse es si no hay en San Miguel, o el oriente de la República, grupos que se alarmen por lo que sucede y tomen en sus manos el rescate, comenzando por formar lagunas artificiales para refrescar el ambiente y además mejorar las condiciones para la agricultura.

Los rojos no serán quienes muevan esto, pues apuestan, aferrados a sus supersticiones marxistas, por el minifundio y los pequeños campesinos. De allí sus repartos de semilla y la retórica contra la agricultura a mayor escala que es la que, para mantenerse, debe cuidar la tierra, reforestar, sembrar a nivel, rotar cultivos e invertir en tecnología y maquinaria.

Hay que escoger entre el caite rojo y la agricultura verde, el agua y la floresta...