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Un diluvio de ofrecimientos y un diluvio de insultos

Lo mismo sucedió hace más de cuatro años con la promesa de que "el cambio" nos iba a llevar a Jauja, el cambio "seguro", el cambio hacia la justicia social y la buena ventura

El diluvio de ofrecimientos de campaña aturde a las masas, que no saben cuál es el más apetitoso, considerando que hay para todos los gustos, todas las edades y todas las condiciones "sociales".

Pero, como con el truco del billete premiado, el cordón de oro falso, el paquete de dinero que son diarios recortados debajo de unos pocos dólares legítimos, a la postre la mayoría burlada queda, burlada pero sin aprender de la experiencia como no aprendió de las promesas de "el cambio".

Una y otra vez los incautos muerden los anzuelos; se cuenta que a los pobres inmigrantes europeos que llegaban a Estados Unidos en el Siglo XIX ---irlandeses, escoceses, alemanes, polacos e italianos— los vivos de aquel entonces les vendían el Puente de Brooklyn o vagones del ferrocarril, como en estos momentos a los votantes les aseguran que la educación va a mejorar, que erradicarán la violencia, que les darán viviendas dignas, que abundará el empleo…

Lo mismo sucedió hace más de cuatro años con la promesa de que "el cambio" nos iba a llevar a Jauja, el cambio "seguro", el cambio hacia la justicia social y la buena ventura. Que, por cierto, sí hubo un gran cambio para los ofrecedores, aunque la gente al poco rato estaba peor que antes.

Como todos cantan en las mismas canciones lo propio, lo que hace la gente sensata es irse a las referencias, averiguar lo que cada candidato hizo en su vida previa, lo que fue su conducta y su moral, si uno estaría tranquilo teniéndolo de vecino o de compadre o de socio comercial...

El lado feo de la campaña, como señala Federico Hernández en su columna de ayer, es la permanente descalificación de los contrarios, a los que sin pausa califican de homosexuales, en el caso de los hombres y, de prostitutas, a las mujeres.

Pero hay un motivo de esto y es que cuando al contrario no se le puede acusar de ningún delito, de ningún robo, de ninguna barbaridad por haber llevado una vida decente, por nunca involucrarse con malhechores, ¿qué queda por decirle? Lo más fácil es lo que señala Federico, además de hablar de misteriosas conjuras.

Cada quien debe preguntarse: ¿Estoy mejor o peor que antes?

La sentencia bíblica de "por sus frutos los conoceréis" encaja a la perfección con lo que debe pensar el buen ciudadano. En la actualidad se desarrolla una intensa propaganda, pagada con el dinero de los contribuyentes, dinero que sería mejor empleado para reparar escuelas o abastecer clínicas de salud que para ensalzar inexistentes logros de la izquierda y del presente régimen, para hacernos creer que hay una grande y meritoria obra social que se debe mantener y fortalecer.

Son, desde luego, frutos imaginarios, pues fuera de los miembros del partido oficial y de la burocracia de Capres, que sí están muchísimo mejor que antes, al resto de los pobladores les va mucho peor que en épocas pasadas, visiblemente peor.

Sólo basta ver la ola de violencia y de extorsiones o las colonias que vienen usurpando las pandillas.

No todas las enfermedades son mortales cuando se cuidan a tiempo, pero puede llegar un momento en que el paciente muere de manera irremediable…