Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

No es “dialogar” andar abrazando a conmilitones en barriadas

Los que tienen que reconciliarse con la civilización, con la lógica y con el sentido verdadero del diálogo, con lo honesto y tranquilo son los comunistas, los que se creen dueños únicos de la verdad.

Cuando Sánchez Cerén dice que su gobierno “está abierto al diálogo” muchos lo dudan, dada su constante negativa a entenderse con las fuerzas vivas del país. Pues permanentemente el Ejecutivo evade discutir en serio con los sectores de trabajo y la oposición, sentarse con otros en busca de soluciones a la grave crisis que atraviesa El Salvador.
   
“Diálogo” en todo caso no es ir a una comunidad, abrazarse con gente del propio partido, sonreír frente a las cámaras y repartir semillas o hacer promesas. Eso se puede calificar como fiesta local, partidismo, fanfarria, acto publicitario, pero no diálogo en el sentido de ser un proceso organizado cuyos participantes son representativos de sectores y grupos de primera importancia.

Y la señal más contundente de que diálogo es otra cosa diferente de lo que hace el actual gobierno es lo señalado por Luis Cardenal, el presidente de la Cámara de Comercio e Industria: en la mesa donde participa la Cámara hay varias decenas de personas que están allí puestas a dedo para respaldar las mociones del oficialismo, no para analizar con conocimiento.

Los comunistas, deben siempre tenerlo presente nuestros lectores, no aceptan o no entienden lo que son jerarquías en una sociedad, aunque las tengan en sus propias estructuras de poder. Y por jerarquías no debe entenderse una cualificación elitista, sino realidades humanas: hay mejores cirujanos que otros, grupos de mayor incidencia en lo económico que otros, académicos de mayor valía.

No se compara la cantante del bar local con la estrella Beyonce; el profesor de física de una de nuestras universidades está situado a un millón de leguas de distancia de Stephen Hawking.

La Cámara reúne a cientos de productores salvadoreños y por lo mismo representa a varios centenares de miles de trabajadores, empleados, técnicos, colaboradores, abastecedores, vendedores... mucho más que el vocero de un grupo de pequeños talleres en Soyapango. E igual se puede decir de las demás gremiales del país: son representativas de lo que genera empleo, bienes de consumo, artículos de uso diario, de lo que comemos, vestimos, que nos alberga, que nos entretiene. Y si bien las sonrientes partidarias que se abrazan con Sánchez Cerén pueden ser muy estimadas por la gente de su pasaje o vecindario, no es lo que mueve a El Salvador.

A esto debe agregarse algo de primera importancia: que nadie del gabinete o del gobierno de la República se fotografía tan sonriente con representativos de productores y a la vez con representativos de los fondos que se recaudan como impuestos.

Son los rojos los que deben conciliar con la sensatez y la civilización

Como señalamos hace pocos días, hablar de “reconciliación” en El Salvador, como hacen muchos, es un contrasentido, pues nadie en el mundo de trabajo, de la gente que se gana el pan con el sudor de su frente y no por ser nombrado en un cargo por el tío, el abuelo o el cuñado, tiene que reconciliarse con ningún grupo, aunque haya sido víctima del terrorismo rojo en los Setenta y Ochenta; lo que quieren es poder trabajar, progresar, defender a su personal, cuidar a sus familias.

Los que tienen que reconciliarse con la civilización, con la lógica y con el sentido verdadero del diálogo, con lo honesto y tranquilo son los comunistas, los que se creen dueños únicos de la verdad.