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Del odio individual limitado a los odios como política

En el caso salvadoreño, el odio como "primer movedor", lo que empuja toda una estructura de resentimientos y fanatismos, ya llevó a la casi destrucción del país y es lo que menea parte de la actual campaña electoral.

El tema del odio abarca prácticamente toda la complejidad de la condición humana, lo que obliga, para efectos prácticos, a tratar el asunto desde la superficie de los odios singulares, los que sufre alguien respecto a cosas, situaciones o personas, o el odio como sistema o política, digamos el que se practica en Corea del Norte y estuvo tras el fusilamiento del tío de Kim Jong-un.

Una buena señora puede odiar, o sin llegar tan lejos, detestar, a la esposa del vecino de la esquina, pero muy rara vez esto la llevará a coger una escopeta y mandar al otro mundo al objeto de sus malquerencias.

Y esa es la limitada calidad de los odios personales, los individuales, los específicos, los teledirigidos: que no pasan a más sino en casos extremos, como el del vigilante que le metió un tiro al cliente de un banco después de una discusión. O más que odio, se debe hablar de arrebatos de ira extrema, mortales en países donde el homicidio es casi una costumbre.

Hay que leer las novelas francesas del siglo XIX para asombrarse de cómo dos caballeros se retaban a duelo y se mataban por desaires absolutamente ridículos, como el que acabó con el genio matemático Evaristo Galois, que a sus veinte años dejó un legado asombroso de descubrimientos y teorías.

Pero los odios "organizados", convertidos en lo que mueve partidos, fanatismos, guerras y políticas, son no sólo descabellados, sino todavía menos comprensibles pero muchísimo más aniquiladores. Y en el caso salvadoreño, el odio como "primer movedor", lo que empuja toda una estructura de resentimientos y fanatismos, ya llevó a la casi destrucción del país y es lo que menea parte de la actual campaña electoral.

Mao y Stalin sacrificaron a cien millones de personas

Nuestro colaborador Sergio Rodríguez se quejó del odio que se respira por doquier en esta tierra y de la aparente o real incapacidad de la sociedad salvadoreña para frenarlo, ponerlo bajo control. Y tiene mucha razón en lo que dice, pero con la salvedad siguiente: no distingue entre el odio de uno contra otro, de Pedro contra su vecino Juan, y el odio como el leit motiv de un movimiento político, el comunismo y la lucha de clases.

Ese odio que se trata de justificar con la teoría de la "explotación de clases por otras clases" o de los proletarios por los burgueses condujo a una guerra que arrasó con muchas grandes conquistas materiales y sociales, causó setenta mil muertos, dejó profundas heridas en el alma colectiva y se mantiene al día de hoy, incluidas las peroratas sabatinas del Jefe del Ejecutivo.

Ese odio nubla el entendimiento e impide que en alguna manera pueda superarse, pues los que odian se sienten justificados creyendo actuar por el supremo bienestar de la colectividad, lo que promueve el avance de la humanidad a estadios superiores de convivencia.

El caso que más se recuerda es el de Hitler, otro socialista, y el Holocausto. Pero hubo odios peores en número de víctimas, como el odio de Stalin contra los pequeños burgueses, los kulaks, o el de Mao, que condujeron a la muerte a cien millones de personas, todo, de nuevo, para mayor gloria del género humano.

Y el odio rojo sigue causando estragos en esta tierra, odios inexplicables.