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“Debe haber más soldadores que ganen buen dinero...”

Decía Viera Altamirano, los males de la sociedad se curan, en su mayor parte, con el trabajo; la madre de todos los vicios, dice un viejo proverbio, es la haraganería, ser parásito social   

"Es incomprensible, para mí, que la educación vocacional sea menospreciada en los Estados Unidos. Los soldadores ganan más dinero que los filósofos, por lo que debemos contar con más soldadores que filósofos en nuestra sociedad”, declaró hace días Marco Rubio, precandidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos.

Tal vez, vale agregar, la comparación se debió haber hecho entre sociólogos y fontaneros o, en Hispanoamérica, abogados y electrónicos, pues la profesión de filósofo, si puede llamarse así, es la de profesionales en pensar y no pensar a fondo las cosas es lo que está llevando al mundo al gran desorden.

Pero Rubio tiene mucha razón al enfatizar en la necesidad de más escuelas de artes y oficios, institutos de enseñanza media como el Tecnológico de Santa Tecla, cuyos graduados, a diferencia de los que egresan de centros como la UES, salen con un empleo y, además, atienden necesidades importantes de la población.

 Y una de las grandes barbaridades que perpetró el expresidente populista Rivera en los años Sesenta fue acabar con el aprendizaje a través de regulaciones laborales imposibles de cumplir.

 Rivera decretó, por presión de la Alianza para el Progreso, lanzada por Kennedy, que los artesanos no deberían trabajar gratis ni por la enseñanza, “como en los viejos tiempos”, cuando los padres llegaban a un taller y pedían a su dueño o encargado “hacerse cargo del cipote y enseñarle el oficio”. Punto, sin más exigencias. Y con el paso de los meses el cipote aprendía, se disciplinaba, estaba feliz cuando su trabajo comenzaba a ser de calidad.

La pensada fue obligar a los artesanos a pagar seguro, salario mínimo, vacaciones, etc., a sus aprendices, de hecho encareciendo su labor y sacándolos del mercado.
 

Los males de una sociedad
se curan con el trabajo

 

Y ese aprendizaje informal fue la manera en que se educaron en Europa y Japón los grandes maestros. Cimabue, paseando por el campo alrededor de Florencia, vio a un cipote dibujando en la tierra; lo incorporó a su taller y lo convirtió en el más grande pintor y arquitecto de su época, Giotto de Bondone.

No abundan potenciales giottos en el mundo pero sí jóvenes capaces de aprender a soldadores como pide Rubio, de convertirse en ebanistas, de llegar a ser buenos constructores, como don José María Durán, en el segundo tercio del siglo pasado, en El Salvador.

Y con esos cipotes y cipotas que se tomaban en oficinas, talleres, salones de belleza, clínicas, etc., es que Alemania pudo reconstituir su responsable y capaz mano de obra después de la espantosa destrucción sufrida a finales de la Segunda Guerra Mundial.

En España, como en toda Europa, hay centros donde se enseña a jóvenes que no quieren ser académicos ni grandes ingenieros ni eminentes facultativos, sino que anhelan aprender un oficio para bien ganarse la vida, al estilo de los soldadores que menciona Rubio.

La ocurrencia de los rojos de la “reinserción” de pandilleros puede lograrse antes de que esos muchachos y muchachas caigan en las redes del crimen, enseñándoles oficios, abriéndoles un espacio donde estén protegidos y además aprendan algo. Y como decía Viera Altamirano, los males de la sociedad se curan en su mayor parte con el trabajo; la madre de todos los vicios, dice un viejo proverbio, es la haraganería, ser parásito social.