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Cuando horrendas tragedias se convierten en estadísticas

Hay un elemento que viene operando a favor de "la violencia", así, en abstracto: que aunque muchos vean lo sucedido y conozcan a sus perpetradores, cada vez son menos los que tienen el valor de denunciarlo

¿No horroriza que una muchachita de once años sea secuestrada, violada y estrangulada a corta distancia de su casa? ¿O que un alcalde, el señor Freddy Villelas, de Osicala, sea asesinado en una emboscada pocos días antes de salir para los Estados Unidos?

Estas tragedias de inmediato pasan a ser estadísticas, lo que se reporta día a día sin llegar a conmover en la medida y dimensión que puede esperarse en países civilizados.

Las estadísticas indican que hay un repunte de homicidios en las pasadas semanas -- van doscientos cincuenta y siete más que en mismo período del año anterior - pero también comprueban que no está funcionando la "lucha contra la violencia", que las cosas van de mal en peor y, lo más execrable, que matar se ha vuelto un recurso con el que se resuelven problemas sin sentido, como la octogenaria que ordenó a sus hijos asesinar a una familia por creer que le habían echado maleficios.

Es además parte del síntoma del grave deterioro de la moral pública, el que al referirse a los asesinatos que ocurren día a día nunca se mencionan, ni por los encargados directos del combate al crimen ni menos por el Ejecutivo, los horrores en sí mismos, el espanto que cada caso despierta en las personas de bien. Son "estadísticas", pero cada caso reviste su propio horror, destroza familias, desarticula comunidades. El asesinato del alcalde Villelas, como sucedió durante la guerra que mataban alcaldes como parte de la "lucha por la justicia" indistintamente de lo que cada uno fuera o de la estima de que gozaran en sus comunidades.

Al ir perdiendo un conglomerado la sensibilidad hacia el dolor ajeno, un dolor que desgarra hasta lo más profundo, se van resquebrajando sus defensas y avanza el salvajismo.

Pero hay un elemento que viene operando a favor de "la violencia", así, en abstracto: que aunque muchos vean lo sucedido y conozcan a sus perpetradores, cada vez son menos los que tienen el valor de denunciarlo pues saben que ponen en riesgo sus propias vidas.

Pues la ley que se ha impuesto es que quien habla o denuncia sufre el castigo único, la pena de muerte.

En las colonias una niña sale por tortillas y no vuelve jamás…

En cierta colonias, que en la cabeza oficial están libres de violencia, los extorsionistas van tranquilamente de casa en casa imponiendo las cuotas macabras: ustedes como familia nos pagan tanto y nosotros garantizamos su seguridad. Ya no es el gobierno ni las autoridades, sino "nosotros", los que recibimos órdenes desde un penal de Guatemala o de donde sea…

Pero obviamente nadie se atreve a reportar lo que sucede.

La gente no denuncia porque no hay líneas anónimas, no hay jueces ni tribunales especializados porque desde un inicio los pusieron a volar sin alas, porque son muchos los casos de que sean secretarios de juzgados en connivencia con defensores, los que pongan el dedo al acusador, o que el mismo juez obligue al testigo a quitarse la máscara que lo protege, sabiendo que el sistema no pasará de regañarlo aunque el testigo sea luego acribillado.

Que nadie se extrañe de que vamos de espanto en espanto y de que en las colonias de la periferia o ciudades del interior, una muchachita de once años salga a comprar tortillas para no volver jamás…