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Condenan, indignados, odios que no se dan en este país

Un país o una región puede terminar paralizada, como le sucede a Venezuela, al caer en la permanente discordia, en interminables acusaciones, en el robo de lo ajeno

Penalizar severamente a quienes asesinen por motivos raciales o religiosos propuso el ministro de Seguridad, en un país donde no existen persecuciones por tales causas.

Habría tenido más lógica que el ministro pidiera encausar a los que destruyen propiedad privada, atentan contra patrimonios artísticos o históricos como al dinamitar nuestros dos majestuosos puentes sobre el río Lempa, o la emprendan contra sectores de trabajo a partir de casos individuales.

Odio es odio pero una cosa es el odio puntual y que nace de agravios, y otra, infinitamente más maligno, el odio que generaliza, que hace de una raza, una clase social o una religión su blanco, como Hitler con los judíos, los sunitas contra los chiítas y a la inversa, los hutus contra los tutsis o los musulmanes radicales contra la civilización.

El problema horrible que viene martirizando El Salvador son los crímenes motivados por el odio de clases, que incluyen secuestros, asesinatos, extorsiones, degollamientos, carnicerías en comunidades, ametrallamiento de ganado y reclutar niños para enviarlos a la muerte como carne de cañón.

Debe haber sido por un involuntario olvido que el titular de Seguridad dejó fuera esas atrocidades y cuyo más reciente parto es la violencia pandillera.

Hay odios y recelos que se suscitan por el color de la piel, las vestimentas y los guetos, los desdenes sociales o la frustración que nace en alguien al carecer de habilidades, belleza o posibilidades para la propia superación.

A esto se agrega lo que en América no fue nunca motivo de choques sociales --la forma de vestir o de hablar o de profesar un culto-- pero que en la Europa antigua y el Asia fijaba decisivas diferencias, en ocasiones privilegios y con frecuencia odios.

El odio de clases, lo que provocó el exterminio de cuarenta millones de personas en Rusia bajo los bolcheviques y de sesenta bajo Mao en China, ha dado origen a toda clase de horrores, pues una vez que se forma una militancia de resentidos sociales, los que mueven esas pasiones pasan a las siguientes etapas, que consisten en afianzar su poder y perseguir tanto la disidencia externa como interna.

Cada día se inventan algo para caerle encima a lo ajeno 

Es fácil de inculcar en jóvenes, personas que no piensan por su cuenta, en pequeños grupos complejos y resentimientos. Se les hace creer que su pobreza, o el hecho de no avanzar en la vida, o hasta su aspecto físico, no es por carecer de habilidades o de no esforzarse, sino porque “otros” le han despojado de lo que es suyo.

Y al llenar su mente y alma de resentimientos y dudas sobre sí mismos, en lugar de esforzarse para mejorar su propia condición, lo que buscan es despojar a otros de sus bienes y sus logros, lo que conduce a un desastre general.

Desastre porque unos nunca sacian sus deseos de vengarse por atropellos inexistentes, mientras otros, los que producen y trabajan, encuentran hostilidad y despojo en lo que hacen. Un país o una región puede terminar paralizada, como le sucede a Venezuela, al caer en la permanente discordia, en interminables acusaciones, en el robo de lo ajeno.

Al ignorar cómo la generación de riqueza es lo que eleva el bienestar general, el régimen se las pasa saqueando al país y con ello empobreciéndolo.