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¿Cómo levantar a un país saqueado y envilecido?

La tarea de salvar a El Salvador es de la buena gente, de la gente que piensa, que es honesta, que convive en paz con sus compatriotas, que rechaza la violencia y la criminalidad

Algunos se preguntan: ¿Cómo podrá Quijano, si sale electo el nueve de marzo, poner en pie a El Salvador después de cinco años de un desgobierno que ha frenado la inversión, elevado la pobreza y la violencia, saqueado el erario, reducido la competitividad y, en resumen, nos ha hecho descender en todos los índices de desarrollo, aunque ocupemos un primer puesto mundial, el de las muertes violentas de jóvenes?

Pero ya lo hizo cuando asumió la Alcaldía de una ciudad también saqueada, emporcada, con deudas "hasta el tope", llena de prostíbulos y con miles de activistas rojos a sueldo. Y para quien quiera verlos, allí está la chatarra que en circunstancias no aclaradas, pero que cualquiera adivina, se compró a China.

Y es que esos chinos son tan simpáticos, se dan a querer con facilidad…

Como remate, los salientes arrasaron con lo que pudieron de la alcaldía, llevándose mobiliario, equipos de oficina, lámparas… "saqueo es saqueo".

Al concluir la Segunda Guerra Mundial, Alemania estaba destrozada hasta sus cimientos por obra de los humanitarios bombardeos de los Aliados (rusos, ingleses, estadounidenses) que igual destruían fábricas como zonas de viviendas o catedrales cuando prácticamente el Tercer Reich estaba ya vencido.

La gran interrogante fue cómo reconstruir y poner en movimiento la economía. Y la respuesta la dio Ludwig Erhard con su economía libre, reglas claras y sensatas, una moneda fuerte y muy pocos controles.

Mientras en Francia, Inglaterra y muchos países de Europa los racionamientos eran aplicados con pleno rigor, en Alemania se podía comprar de todo y en las cantidades deseadas. En poco tiempo, hasta el día de hoy, Alemania se transformó en la primera economía del continente europeo.

A los buenos salvadoreños corresponde la gran tarea de reconstruir

Pues a nosotros los salvadoreños, que hasta hace ocho años éramos una economía pujante y en marcha, nos toca hacer lo mismo. Y para lograrlo hay que reducir el ejército de incapaces que ha llenado la administración pública, dejar de insultar a los productores, eliminar los gastos superfluos y acabar con la corrupción, que se descubre, entre otras cosas, cuando se mira a alcaldes de pueblos del norte de San Salvador viajando con toda su familia, o diputados rojos y rosados yendo, "a cada rato y con cualquier pretexto", a Europa, en primera clase.

Y desde luego lo de las limosinas de gran lujo, mansiones en Sudamérica, helicópteros para los hijos, negocios para las amigatelas.

Lo primero es devolver la moral pública, perseguir la corrupción, darle sentido al sistema democrático de gobierno.

Asimismo, alentar a la población a ser lo que fue y, en parte, sigue siendo: la gente más laboriosa, que no necesitaba de caridades ni de regalos para sostenerse y sostener a su familia. Nadie se extraña de que en el resto de Centro-América destaquen los profesionales, administradores, gerentes y técnicos salvadoreños.

Un país puede ser envilecido, amordazado, victimizado y saqueado, pero no necesariamente aniquilado. Y es seguro que, al pasar la pesadilla del peor régimen que ha padecido nuestro país, habrá la fuerza y el civismo para arremangarse la camisa y ponerse de nuevo a levantar lo caído.

La tarea de salvar a El Salvador es de la buena gente, de la gente que piensa, que es honesta, que convive en paz con sus compatriotas, que rechaza la violencia y la criminalidad.