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Ciudades son civilización y civilización es libertad

Cuando se interfiere en esos movimientos, como en Cuba o Venezuela, lo que sobreviene es la escasez, la falta de todo, y hay que racionar y esperar “en cola”, por horas, para conseguir lo básico para vivir 

Las ciudades son una expresión de libertad, de instituciones, formas de vida, costumbres, espacios físicos, rituales, vecindarios y actividades que surgen espontáneas, se desarrollan por sí solas, crecen, alcanzan un grado de madurez, se consolidan y pueden envejecer y morir, como está sucediendo a muchas pequeñas ciudades del mundo. 

Pero no hay procesos más aniquiladores de la vida urbana que los que pone en movimiento el comunismo, que las ensucia, las envicia, las detiene en su desarrollo congelándolas en el tiempo y termina aniquilándolas.

Un triste ejemplo es lo que ha venido sucediendo en nuestro San Salvador, primero bajo los duartistas y ahora, con los comunistas, que simplemente se cargaron el centro histórico, faena en la que los acompañan las pandillas.

Hay que ver, aun después de más de veinte y cinco años, las cicatrices terribles que el comunismo causó en el Este europeo, como quedó Chile después de Allende y Buenos Aires al término del peronismo, el estado ruinoso de La Habana castrista y el derrumbe que ya se hace patente en Caracas y no se escapa a esta dinámica nuestro San Salvador.

En el caso local, parte importante del problema se deriva de que los efemelenistas pasaron o enmontados o en la Nicaragua sandinista, la peor clase de escuela de “cultura” que puede darse.

Las ciudades en países libres se manejan por fuerzas espontáneas, libres, que son imposibles de regular. Y el mejor ejemplo son los mercados, los lugares donde la gente compra, primordialmente, sus alimentos.

No hay ningún ente planificador que determine cuantos tomates o qué cantidad de carne va a ofertarse, cómo se empaqueta, cómo se transporta, cómo se distribuye y a qué precios habrá que venderla.

Y cuando se interfiere en esos movimientos, como en Cuba o Venezuela, lo que sobreviene es la escasez, la falta de todo, y hay que racionar y esperar “en cola”, por horas, para conseguir lo básico para vivir.

De allí las estanterías vacías en toda Venezuela y la frase con que los cubanos conocen a don Fidel: el viejito que inventó el hambre.

La desgracia es que en este suelo hay también esa clase de sujetos, los que inventan si no hambre, sí crecientes penurias para los salvadoreños, entre ellas la falta de empleo.

No dejemos que San Salvador termine como La Habana

La primera señal de deterioro urbano es el descenso en la construcción, como aquí sucede. Y la construcción es la gran locomotora del desarrollo, pues como dijo un estadista francés, allí donde hay mucha construcción habrá de todo.

No hay mucha construcción pues el insaciable saqueo fiscal --los fondos para sostener la gran fiesta roja y los empleos para los parásitos sociales--, dificultan mucho construir lo nuevo, por lo que a lo más que se está llegando es a reconstruir, a adaptar, a remodelar. De allí que muchos negocios se instalen en lo que fueron viviendas.

Es válido el comercio de ropa y enseres usados --muchos adultos recuerdan que cuando niños los estrenos navideños se compraban en el Parque Centenario--, pero cuando ciudades enteras reciclan lo ya existente, mal va la economía y peor la dirigencia del Estado.

Nadie en su sano juicio fuera de los embobados por la “revolución cubana”, quiere que nuestra capital termine ruinosa como La Habana...