Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Campo fulgurante del santo, al final del peregrinaje

Si partir es "morir un poco", también lo es nacer de nuevo un poco, regresar con ojos distintos, con nuevas sensibilidades. Y peregrinos somos todos en esta vida

Tres son los santuarios principales de peregrinajes: Jerusalem, Roma y Santiago de Compostela. A ellos se suman Lourdes, Fátima, Medjugori, Esquipulas…

Compostela guarda los restos del apóstol Santiago, llevado allí por sus discípulos, según las tradiciones, desde Tierra Santa hasta el norte de España.

Se cuenta que una mala reina envió a los forasteros a un promontorio poblado de toros salvajes para que perecieran, pero he aquí que las fieras milagrosamente se amansaron y tiraron del carro hasta llevarlo al punto más alto y, en ese instante, fulguró un campo de estrellas, compo-stela, donde Santiago, también conocido como Jacobo, fue sepultado.

La reina presenció el milagro, se convirtió al cristianismo y protegió el lugar, construyendo un templo al cual sucedieron otros en el curso de los siglos.

Compostela es la más hermosa e interesante ciudad de Galicia, urbe dominada por la imponente catedral del Siglo XIII y el hospital fundado por los Reyes Católicos para servir a los peregrinos, hospital ahora transformado en hotel con una de las mejores cocinas de España.

Cada mediodía se oficia en la catedral una misa de peregrinos, devoción que cierra cuando baja de lo alto un incensario, el botafumeiro, que oscila majestuosamente sobre las cabezas de los fieles esparciendo aromas y misticismo. Y lo que es único en un templo, los creyentes pueden ir detrás del altar mayor y abrazar la efigie del santo.

La ciudad se llena de peregrinos con sus mochilas y sus largos bastones, muchos de ellos caminantes que han llegado a pie desde Francia (Chartres es el punto de partida), los Países Bajos, Alemania, Suiza. Al llegar a Francia, desde el norte de Europa, cruzan la Provenza o bajan siguiendo el curso del Ródano, bordean los Pirineos hasta Hendaya y, por el País Vasco y Asturias, hasta llegar a Compostela.

Con la imaginación todos podemos ser peregrinos…

En el Medievo la ruta, la "Vía Láctea", el camino Jacobeo, bordeaba la costa, llevaba a través de montes, obligaba a cruzar ríos pagando peaje en los puentes, y era menester marchar en grupos para defenderse de bandoleros hasta finalmente hollar la tierra bendecida por el Apóstol. Y una vez hechas las devociones, volver a la patria, con frecuencia navegando en uno de los mares más bravíos del mundo.

A la entrada de la catedral, detrás de grandes puertas que sólo abren los años santos, se yergue sobre una pilastra la imagen de Santiago, una de las más bellas esculturas románicas que existen. La figura es el centro del portal que tiene dos entradas, formadas por sucesivas pilastras esculpidas con relieves de santos y signos sagrados.

Los peregrinos, cualesquiera que sea su meta, renuevan su fe pero además contribuyen a revitalizar las comunidades de creyentes a las que pertenecen. Quienes han hecho peregrinajes ayudan a otros a recorrer con su imaginación tierras lejanas, conocer maravillas, tener un reencuentro con lo mejor de sí mismos.

Si partir es "morir un poco", también lo es nacer de nuevo un poco, regresar con ojos distintos, con nuevas sensibilidades.

Y peregrinos somos todos en esta vida, viajeros que por un instante en la eternidad pasamos incontables aventuras, alegrías, dramas y momentos luminosos hasta llegar a la meta.

Dichosos aquellos, como dicen las tradiciones hebreas, que llegan al puerto final cargados de tesoros y de bondad.