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El buen crédito de país es patrimonio de la gente

El deficiente crédito y, en particular la llamada de alerta de la calificadora Fitch sobre la insolvencia en que está cayendo El Salvador, es una fuerte señal del mal que aqueja al cuerpo social

La descalificación de FONAVIPO, lo que a su vez hizo reducir los ratings de otras tres entidades financieras públicas, incluyendo al Banco Hipotecario, daña no sólo el crédito del Estado, sino también, lo más grave, el crédito de país.

Y ese crédito, la solvencia como nación, lo que se logró a través de muchos años de esfuerzo y cumplimiento de compromisos, es un bien general, un valor que pertenece a todos los salvadoreños, no sólo a las entidades descalificadas, a los funcionarios que las administran o al régimen actual.

El buen crédito es parte muy importante de los fundamentos éticos, morales, cívicos, jurídicos y culturales que sustentan nuestra vida, nuestras instituciones, nuestro trabajo, y nuestro futuro. Es el cumplimiento de obligaciones financieras, pagar lo que se prestó, pero sobre eso es honrar la palabra empeñada, responder a la confianza que merecimos.

Cuidar ese crédito, el limpio nombre del país, debe ser una prioridad para todo buen gobierno, pues es un bien que recibe y un bien que luego tiene que devolver acrecentado, no menoscabado. Como el buen hijo que hace honor a su familia y a quienes le precedieron, se esfuerza por entregar a sus descendientes más de lo que obtuvo.

El buen crédito es uno de los componentes de la civilización, de lo que nos separa, o debe separarnos, de pueblos que no cuidan ni su imagen ni su moral ni su conducta.

Pero lo que ha venido sucediendo es una vergüenza, pues equivale a dilapidar un patrimonio espiritual, institucional, que no sólo no se supo proteger y acrecentar, sino además se ha descuidado, en parte pervertido, dilapidado por quienes no tienen las cualificaciones para desempeñarse al frente de entes públicos ni la moral para asumir esas competencias.

A las misas asisten los que mueven el progreso

El deficiente crédito y en particular la llamada de alerta de la calificadora Fitch sobre la insolvencia en que está cayendo El Salvador, es una fuerte señal del mal que aqueja al cuerpo social, a la res-pública. Y ese mal, el morbo que ha venido carcomiendo a nuestro país en los últimos años y sobre todo a partir de la instalación del actual régimen ---régimen sin ética ni rumbo ni entendimiento--- afecta el quehacer general, daña nuestras posibilidades para competir, reduce en gran medida la capacidad productiva de la nación.

Para colmo, mostrando su cinismo y amoralidad, los responsables del descalabro se burlan de las calificadoras, les dicen que bien pueden ir a dar misa.

Pero a esas misas asisten grupos y personas calificadas que tienen en sus manos el decidir si vale invertir en nuestro país, si hay esperanza y potencial en esta tierra o si simplemente hay que irse a otra parte con ese capital y ese futuro.

Hace un tiempo, el Banco Mundial dio a conocer las conclusiones de un contundente estudio sobre el progreso de las naciones: por encima de su patrimonio físico, de las inversiones, del valor de patentes y marcas de fábrica, el haber cultural, jurídico, social, espiritual es decisivo para generar riqueza y bienestar.

Un pueblo ordenado, en el que sus pobladores conviven en paz, que acatan las leyes y respetan lo que es decente y noble, va más adelante que otros que carecen de esa riqueza del alma y del intelecto. Ser buenos y honestos y capaces hace la diferencia.