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Aunque no lo reconozca Maduro fue el derrotado

El perenne fracaso del chavismo y, por extensión, de toda forma de socialismo, surge de creer o suponer que existen nuevas fórmulas para lograr la felicidad de la gente y la prosperidad de los pueblos.

Una mayor derrota no pudo haber sufrido Maduro y el chavismo, pues con los dados cargados a su favor, papeletas diseñadas para confundir a los votantes, anulado el secreto del voto, con apenas diez días de campaña y con el control de los medios, nominalmente ganó por apenas un punto.

Maduro llega a la presidencia con los pies muy hinchados, con una economía que se tambalea, una población crecientemente escéptica, rodeado de funcionarios incapaces y sin programa de gobierno fuera de seguir repartiendo dinero. La moneda venezolana está perdiendo con rapidez su valor adquisitivo al iniciar la caída en una espiral inflacionaria.

Pero muchos piensan que lo peor habría sido un triunfo de Capriles en vísperas de un descalabro económico, pues dada la miopía de las masas, le habría tocado cargar con esa culpa, dejando a Venezuela sin brújula ni esperanza. Ahora corresponde a Maduro detener el derrumbe sin tener la credibilidad necesaria y, lo peor, sin las entendederas y sin la formación profesional e intelectual que se requiere en momentos de grave crisis.

El perenne fracaso del chavismo y, por extensión, de toda forma de socialismo, surge de creer o suponer que existen nuevas fórmulas para lograr la felicidad de la gente y la prosperidad de los pueblos. Tal suposición equivale a pretender que hay nuevas ciencias de la física, o nuevas fisiologías por inventarse o descubrirse; todo es, piensan, que alguien tenga el poder suficiente para cambiar lo que está vigente y probado, para que las cosas marchen sin tropiezo.

Es lo que hizo Chávez en su grotesco ejercicio de la presidencia, que iba de arbitrariedad en arbitrariedad, atropello en atropello, ocurrencia en ocurrencia, disparate en disparate rigiendo sobre vidas y haciendas de los venezolanos, arruinando sectores, debilitando industrias, saqueando la industria petrolera, usando presupuestos a su antojo y disponiendo de la riqueza del país como si fuera la suya propia.

A sangre y fuego y con locura, se aferran al poder

Pero con el paso de los meses y los años, lo que había funcionado medianamente como un conjunto nacional comienza a fragmentarse y las partes ya no encajan unas con otras; paradójicamente fue en este punto que Chávez murió.

Es claro que Maduro, como se evidencia con las barbaridades que recién comienzan a salir a luz, como las urnas abandonadas que se están encontrando por todo el país, no puede detener esa descomposición, la gangrena social que Dios sabe adonde va a llegar. Pues ya no es tan fácil girar cheques sobre los ingresos de Venezuela o solucionar desquiciamientos con nuevas ocurrencias.

Venezuela no es el único país que pasa por semejante trance pero es, en estos momentos, el que quiere salir adelante mientras mantiene el aparataje de la dictadura, la arbitrariedad y la imposición. Se quiere desconocer una realidad contundente de la condición humana: la mejor forma de restablecer orden y equilibrios es a través de los mecanismos espontáneos de los pueblos lo que, a su vez, requiere de libertad y del Orden de Derecho.

Lo que sucede en Siria y Egipto es la espantosa señal de que las dictaduras son capaces de perpetrar las peores matanzas y barbaridades, con tal de mantenerse en el poder.

Dios quiera que no sea la violencia desbordada el siguiente escenario de la tragedia venezolana, la tragedia iniciada por Chávez.