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Arrecia la persecución de cristianos en Oriente Medio

Las prédicas del odio fueron la causa de la guerra en los Ochenta, lo que hizo retroceder a El Salvador cuarenta años en su desarrollo, causó setenta mil víctimas y continúa moviendo la política nacional

Alos horrores del mundo islámico, caracterizado por conflictos sin término, matanzas indiscriminadas, secuestros masivos como el de las colegialas en Sudán y los intentos de ejecutar actos terroristas en Occidente, se suma la persecución a los cristianos en toda esa vasta zona.

En Mosul, que cayó en manos de radicales sunitas donde estos pretenden fundar un califato islámico que abarque áreas enteras de Siria y de Iraq, los yihadistas han advertido a los cristianos que les quedan tres opciones: convertirse al Islam, pagar un impuesto especial para poder practicar su religión, o ser muertos.

Ser muertos es la opción única para los soldados del ejército regular iraquí que caen prisioneros y que son masacrados casi de inmediato, como matan a todo aquel que haga resistencia.

Los conflictos entre ambas sectas no cesan, como lo atestiguan las carnicerías en Siria perpetradas por las fuerzas de Assad, de cien a doscientos muertos diarios, con un total que sobrepasa las ciento treinta mil víctimas, una cifra espantosa que hace de las hostilidades en Gaza un incidente menor, al igual que las matanzas que bandas de yihadistas, entre ellas la del Boko Haram, cometen en África para forzar la conversión de esos pueblos.

El horror más grande fue el de la guerra entre Irán e Iraq poco después de que Jimmy Carter forzara la abdicación del Shah de Irán, rompiendo los equilibrios militares y políticos del Medio Oriente: casi tres millones de muertos, incluyendo a centenares de miles de adolescentes reclutados por la fuerza.

Las atrocidades se repiten sin cesar: un coche bomba en Pakistán que deja docenas de muertos en un mercado, atentados dinamiteros en mezquitas, asesinatos de políticos, matanza de religiosos, destrucción de iglesias, rapto de extranjeros, entre ellos un francés que lleva más de tres años secuestrado, incursiones de terroristas en territorio israelita vía túneles… la industria del terror prospera en pueblos que si bien no logran salir del Medievo en lo cultural y económico, se dedican en cambio a perfeccionar bombas diminutas para derribar aviones o atacar a poblados indefensos.

El odio mueve los horrores del mundo actual

Lo que mueve los horrores es el odio, un infernal fuego que incendia cabezas, almas, sectas, pueblos enteros. Es lo que llevó a Chávez a destruir Venezuela, lo que ha victimizado a Afganistán desde hace décadas, lo que provocó las matanzas de kurdos por los turcos a inicios del Siglo XX, la causa del Holocausto perpetrado por el nazismo (esa terrible variante del socialismo), lo que impide una salida humana al drama palestino, lo que continúa hundiendo a Libia.

Las prédicas del odio fueron la causa de la guerra en los Ochenta, lo que hizo retroceder a El Salvador cuarenta años en su desarrollo, causó setenta mil víctimas y continúa moviendo la política nacional.

El Primer Mundo, a Dios gracias, pudo superar odios y recelos ancestrales, acabando con guerras fratricidas, como por ejemplo, entre naciones que están una al lado de la otra.

Está próximo el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra, que costó la vida a millones de infortunados soldados, muchachos en su mayor parte, atrapados en infiernos como el de Verdún. Y esos odios y ceguera son los culpables de las lapidaciones de pobres mujeres en Pakistán, asesinatos perpetrados por sus propios hijos, padres y hermanos.