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El horror visto por tres salvadoreños

Tres salvadoreños que trabajan en el área de servicios en un centro de convenciones narraron el horror que presenciaron tras las bombas que estallaron hoy en el circuito de la Maratón de Boston

En la gráfica Manuel López

En la gráfica Manuel López

En la gráfica Manuel López

Hoy, no era un día cualquiera para José Gutiérrez. Después de tres semanas de haber sido sometido a cirugía por un tumor cancerígeno en la garganta, era la primera vez que el salvadoreño se animaba a ir al centro de Boston, motivado para ver la Maratón.

Como en los ocho años más recientes, calculó el tiempo para salir de su casa en Somerville y llegar a tiempo para ver a los atletas ganadores.

A las 2:40 de la tarde estaba a pocas cuadras de la línea final de la Maratón. De repente escuchó la primera de las detonaciones que sembraron dolor y muerte en esta importante ciudad de la costa Este de Estados Unidos.

"Todo se volvió confuso. Recuerdo que comencé a ver movimiento de las autoridades, la policía y los bomberos. Seguí caminando y cuando llegué a la John Hancock Tower ocurrió la segunda explosión", recuerda este compatriota.

"Vi gente que salió volando, un niño, una señora en silla de ruedas. Entonces me di la vuelta de regreso". Ni siquiera podía correr, dado que está en plena convalecencia por la operación, explicó.

En ese momento, sus amigos comenzaron a llamarle y dejarle mensajes en Facebook, preguntándole si sabía qué estaba pasando en Boston y que si estaba bien.

"Mi primera reacción fue salir lo antes posible. Esa es una zona comercial muy exclusiva, había mucha gente y turistas, mucha gente estaba gritando y corriendo". Caminando llegó hasta el Downtown. Trató de descansar un poco, comenzó a ver noticias en su Smartphone y entendió que estaba presenciando una historia de horror en la ciudad que le ha dado una vida mejor que la que dejó atrás hace 24 años en su natal Yucuaiquín.

"No puedo creerlo. Estuve a punto de estar allí (en la línea final de los maratonistas), confesó con pesadumbre y alivio a la vez.

Las autoridades cortaron el acceso de las redes telefónicas móviles para evitar eventuales detonaciones de activación remota. Por eso a José le costó un poco contactar a su hermana, Jessica, quien es voluntaria para entregar agua a los atletas en su trayecto hacia la meta.

Cuando fueron las explosiones, el pelotón que ella tenía asignado ya había terminado, pero se dio cuenta de todo lo que había pasado. Logró regresar a casa sin mayores dificultades debido a que los organizadores de la Maratón proveyeron transporte a los miles de voluntarios.

Manuel López es otro compatriota que se desempeña en el área de servicios del Hotel Sheraton, ubicado en el Hynes Convention Center, localizado a escasos 20 metros de donde estalló la primera bomba, que cobró de inmediato la vida de dos personas y dejó decenas de heridos.

Para él, también era un día especial, una jornada que empezó a las 3:00 de la mañana porque a esa hora comenzaron a preparar los desayunos que los atletas se servirían a las 6:00. "Después el agua y la fruta… a las 8:00 ya no hay nadie en el restaurante porque ya desde esa hora nos vamos a la calle a ver el Maratón como todos los años", relató.

Luego, el caos. "Fue una explosión como pólvora, un gran 'luzazo', volaban los pedazos de cosas para la calle y de repente caía gente al piso. El tumulto de gente empezó a correr por el mal olor a gas y la gran cantidad de humo que salía para la calle", contó aún conmocionado.

Por la forma de la explosión, inicialmente pensó que se trataba de un tambo de gas que usan con regularidad para inflar los globos de las recepciones. "(El estallido) fue como 'embolsado' como medido para un área pequeña", reflexionó.

Con sus compañeros de trabajo salieron hacia Massachusetts Avenue, la misma ruta de los corredores. Encontró su carro y regresó a casa. Hacia el final de la tarde no sabía si mañana tendría que presentarse al trabajo como todos los días.

José Gutiérrez es parte de organizaciones comunitarias de salvadoreños en Nueva Inglaterra. Con sus colegas comenzaron a hacer llamadas esperando que ningún compatriota estuviera entre las víctimas, lo cual fue descartado horas después.

Otra salvadoreña también cuenta su experiencia. Para Haydee Rohanna, quien reside en Boston desde hace 15 años, es un milagro de Dios el que ahora esté bien junto a su familia y no en un hospital, pues decidió retirarse de la zona de explosión media hora antes.

"Estaba cerca de las banderas, donde ocurrió la explosión, había ido con unas compañeras de trabajo a la salida del trabajo a ver la maratón como lo hemos hecho todos los años. De repente, sentí que debía irme a la casa a descansar, me sentía cansada, ahora agradezco a Dios por eso", dice Rohanna.

La compatriota trabaja cerca de la zona de la explosión y dice haberse enterado sobre el suceso al llegar a su casa. "Al ver las noticias sentí un escalofrío, ahora quizás estaría en shock, herida, no sé, eso fue terrible".

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