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En perspectiva

La hora de los marginados

ALUCINANTE. Esta es la palabra que Sergio Ramírez eligió para describir los dos sucesos más recientes en Nicaragua que han capturado la atención del mundo y que muestran los extremos de cómo se manifiesta el poder del presidente Daniel Ortega: la represión violenta de una protesta de ancianos y la aprobación relámpago de una concesión de medio siglo del futuro canal interoceánico de Nicaragua a un empresario chino desconocido.

¿Qué conecta ambos eventos desde una perspectiva crítica? Ramírez nos recuerda que sólo hay una democracia, y las reglas de la democracia son las mismas sin importar qué partido está en el poder o qué ideología guía la política del Estado. Tanto la izquierda como la derecha deben estar sujetos a la ética, a la transparencia y a la aceptación absoluta del sistema democrático mismo. La represión de los ancianos y la aprobación de una concesión que "entrega la soberanía nacional" a un empresario son actos que rompen el tejido de integridad ética que une al poder en Nicaragua con sus ciudadanos.

La turba que dispersó a garrotazos la protesta de los ancianos la madrugada del sábado 22 de junio pretendió pasar como un grupo de civiles sin vinculación al gobierno, pero actuaron como el batallón de un ejército: 300 personas con el rostro cubierto con pañuelos, pero vestidas con camisetas impresas con consignas del gobierno que se abalanzaron sobre personas indefensas mientras la policía cercaba el área para impedir que escaparan. Hay reportes que indican que mientras los ancianos caían bajo los garrotazos, los policías reían. Junto a esos ancianos, sin embargo, había jóvenes que los apoyaban y acompañaban.

"Que haya jóvenes al lado de los ancianos que reclaman por sus derechos, protestando juntos, nos dice que hay esperanzas para Nicaragua", escribió Sergio Ramírez en las redes sociales después de la represión. Esta declaración de fe en el futuro revela mucho sobre el concepto que Ramírez tiene de la izquierda: para él es un compromiso con la "gente sencilla", con los marginados, con los desposeídos.

Si en Nicaragua esto no es un cliché, mucho menos lo es en la literatura de Ramírez. Su último libro es una colección de cuentos que reclama atención a los marginados por la historia y la sociedad. Los seres marginados no necesitan ser pobres: si bien son ancianos sin pensión en Nicaragua, en Brasil son la clase media. Ramírez los entiende porque es un novelista, esa rara especie de intelectual que tiene acceso, simultáneamente, al destino de los grandes héroes de la historia y al de los seres anónimos que construyen la historia.

"Los escritores no son producto del Estado ni de la empresa privada ni los produce un estamento de la sociedad", nos dijo en una entrevista realizada el 26 de junio pasado. "El escritor puede ser una producción instantánea de un país. Por ejemplo, Rubén Darío. Uno de los grandes genios de la literatura hispanoamericana, nace en un país que tenía 150 mil habitantes analfabetos, marginales".

Esos jóvenes que acompañaban a los ancianos son ahora la mayor amenaza al abuso del poder en Nicaragua. Entre ellos podría estar una nueva voz de la conciencia nacional, alguien que acepte la herencia de Darío y la de Ramírez, quien nos advierte: "Un escritor sale de donde menos uno se lo imagina: de los barrios bajos, de las sombras de la noche, de los sectores marginales".

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