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Vuelve Joaquín Sabina

La Cámara de Comercio e Industria de El Salvador ha emprendido la colosal tarea de organizar un evento ferial único en su especie, uno que en la práctica vendrá a sustituir al que por muchos años convocó a la familia salvadoreña bajo el nombre de Feria Internacional de El Salvador.

Sensatamente, los actuales funcionarios de CIFCO entendieron que la organización de varias jornadas destinadas al entretenimiento y a la exposición de productos era una labor que el sector privado estaba en mejores condiciones de emprender. Así es como la CCIES se ha atrevido a darle cuerpo a IMPULSA El Salvador 2013, iniciativa que busca reunir, entre el 20 y el 24 de noviembre próximos, una novedosa oferta ferial que combina oportunidades de negocio, compras navideñas, exposiciones tecnológicas, servicios de capacitación, congresos sectoriales y una nutrida agenda de espectáculos artísticos.

Entre estos espectáculos, el concierto del cantautor ibérico Joaquín Sabina, que "Two Shows" montará el 21 de noviembre como apoyo estratégico a IMPULSA, ha despertado el lógico interés de un público muy diverso y entusiasta. Sabina, después de todo, forma parte del cortísimo listado de creadores que el mundillo de la música en español reconoce como excepcionales. Más allá del estereotipo de bohemio pendenciero con que fue encasillado durante los primeros años del boom de sus canciones, en los postreros ochenta, el flaco de Úbeda ha demostrado tener la suficiente "cintura" artística para romper con los moldes y apuntarle directamente a la posteridad.

Joaquín Sabina ya estuvo en El Salvador. Fue en febrero del año 2000, a beneficio de la fundación para la promoción de la mujer y la infancia que dirigía doña Ildiko de Tesak. Se presentó en el área de la piscina de un hotel capitalino, que resultó insuficiente para albergar a todos los "cómplices" suyos que allí nos hermanamos. Hoy admito sin ambages, yo que rehúyo de los conciertos atiborrados, que aquel ha sido el único espectáculo musical que he disfrutado de principio a fin en toda mi vida, en buena parte porque a Sabina no se le puede admirar "en masa", pero también porque ya había tenido tiempo de aprenderme las letras del disco que entonces promocionaba y daba nombre a su gira: "19 días y 500 noches".

El show terminó a una hora razonable, pero la velada se alargó hasta la madrugada, que fue cuando empezaron a tejerse ciertas leyendas urbanas sobre la visita de Joaquín al "paisito", como él mismo nos llamara, cariñosamente, durante la conferencia de prensa el día anterior. Era todavía la época en que el autor de "Princesa" prefería irse a la cama hasta que hubiera despuntado el sol, así que algunos fuimos corriendo a "La Luna, Casa y Arte" --de gratísima recordación-- para acompañarlo, aunque fuera de lejos.

Sabina ya era pareja de la fotógrafa peruana Jimena Coronado, y fui testigo del momento en que la llevó ante un poster de Monseñor Romero para contarle, con su voz rasposa y gesticulaciones enfáticas, la historia de nuestro arzobispo asesinado. Las horas pasaron, los tragos se repartieron, las risas abundaron y Joaquín terminó tomando la guitarra y cantando algunas rancheras sobre el escenario de "La Luna". El destemplado coro que tuvo entre los asistentes me quedó timbrando en los oídos por varias semanas. Esa madrugada llevé a Panchito Varona hasta su hotel, porque no aguantaba seguir a su amigo y "jefe" hasta las ocho de la mañana. "Seguro que querrá irse del bar al aeropuerto", me aseguró el entrañable músico de Sabina.

La vida se encarga de recordarnos cuáles son nuestros límites. También a Joaquín. Un año más tarde, en agosto de 2001, sufrió un ictus cerebral que estuvo a punto de adelantarnos su obituario. El incidente le obligó a moderarse, pero dejó intacto su talento, mismo con el que va a deleitarnos en dos semanas. Nos vemos, pues, en IMPULSA… y en el concierto.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.