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Yo sí volvería a nacer en El Salvador

Con pesadumbre leí el 10/01/2013, en este periódico, que nuestro país se encuentra "entre los peores para nacer en la región". Esa aseveración se desprende de un estudio de la Unidad de Inteligencia de The Economist, filial de la revista británica del mismo nombre. Es muy triste que extranjeros nos califiquen de semejante forma, pero es peor aún que también hay salvadoreños que piensan así. Porque continuamente escuchamos a conciudadanos --de funcionarios para abajo-- hablar despreciativamente de "este país".

¿Por qué esa actitud? Porque hemos perdido el amor patrio, como ha sucedido con tantos otros valores que nos identificaban.

Mientras leía el artículo, recordé la figura dolorosa, pero firme y digna, de doña Marta Dueñas de Regalado, cuando al escuchar el veredicto absolutorio para los secuestradores y asesinos de su hijo, exclamó: "Lloro por mi hijo y por mi país". ¡Proféticåas palabras!

Efectivamente, nuestra pudrición moral inició en aquella época, en la que el odio y la envidia se convirtieron en fuerzas más poderosas que la razón y la justicia. Y ahora, debemos llorar por nuestros hijos, que nacen, estudian, trabajan y viven en medio de personas que desprecian su propio país. ¡Qué peligro! Porque, ¿qué puede esperarse de alguien que no ama su tierra? ¿Qué buenos sentimientos puede tener hacia los demás? ¿Cumplirá las leyes, respetará al prójimo, defenderá a su familia, atenderá debidamente sus responsabilidades, etc.? Diría que no, porque el patriotismo es una llamita que, junto al amor y temor de Dios, mantiene ardiendo los ideales y los buenos sentimientos.

Y debemos llorar por nuestra Patria, que, como una madre, nos ama a pesar de nuestra ingratitud y, aunque pequeña y sin recursos, nos ha entregado, por la gracia de Dios, todo lo que posee.

"¿Qué cosas?", preguntará alguno de los que quisieran haber nacido en otra parte. Ya en un artículo publicado el 27/09/2002, mencioné algunos ejemplos:

"La Patria nos ama dándonos una nacionalidad; formándonos con una cultura; otorgándonos un territorio; respaldándonos con una historia; definiéndonos una identidad; fortaleciéndonos con raíces; proveyéndonos de un idioma; arropándonos con seguridad; abrazándonos cuando, desorientados, vagamos por el mundo; acercándonos cuando nos alejamos; fabricándonos oportunidades; esperando nuestro regreso cuando nos vamos; premiando nuestros esfuerzos; encendiendo nuestras ilusiones; fructificando lo que sembramos; enjugando nuestras lágrimas; sanando nuestras heridas; anidando a nuestra familia; regalándonos, generosamente, un cielo y un paisaje que podemos llamar "nuestros"; regocijándose con nuestros triunfos; llorando nuestros fracasos; acogiendo con amor a nuestros hijos; olvidando nuestras ingratitudes; atesorando nuestros recuerdos; cobijándonos en la ancianidad. Y, finalmente, recibiendo en su seno nuestros restos, cuando llega el momento de regresar al Padre".

Sí, todo eso nos proporciona El Salvador; y si acaso no es hoy el mejor país del mundo, es porque nosotros, sus habitantes, no le amamos lo suficiente como para estudiar con ahínco y trabajar sin descanso para llevarlo a todo su potencial. ¡Ni siquiera somos capaces de mantenerlo libre de basura!

Creo, como muchos otros, que un primer paso en la solución de nuestros problemas nacionales, sería restablecer las clases de Moral, Urbanidad y Cívica que fueron parte del currículo escolar para mi generación. Sí, es una solución a largo plazo. Por eso, y para no continuar llorando por nuestros hijos y nuestra Patria, comencemos hoy, este día, a recuperar nuestros valores. ¡El Salvador lo necesita!

*Columnista de El Diario de Hoy.