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La vocación democrática

La gente salió a votar el 9 de marzo, en una jornada en realidad histórica que, por lo cerrado del resultado de la elección, ha quedado un tanto relegada del plano de la discusión pública la impresionante movilización y el espíritu cívico que aportó, entre ambos partidos en contienda, más de 600 mil votos adicionales a los de la primera ronda. La gente salió a votar y debe respetarse su decisión en las urnas, sea cual sea, en el momento en que se agoten los recursos que la ley establece y de los cuales se haya hecho uso. Una diferencia de 6,364 votos de los dos millones novecientos mil que hubo el domingo (en porcentaje 50.11 % a 49.89 %: diferencia 0.22 %, según el escrutinio del TSE) desata pasiones en cualquier país del mundo. Bush-Gore en los Estados Unidos; Calderón-López Obrador en México.

Pero hay que saber contener las pasiones.

Los recursos de ley han sido interpuestos, no hago juicios de valor sobre ellos (desconozco su contenido) pero hay que dejar que funcione la institucionalidad, por incipiente que parezca. Y mientras se terminan de dirimir los recursos, es de responsabilidad con El Salvador que se inicie la comunicación entre las partes, si es que no se está haciendo ya, por varias razones: la primera de ellas es el resultado electoral, ya que independiente de quien gane, el país quedó dividido en dos partes iguales. Retomo la cita de John Kennedy que anda circulando en la web, de que se puede ganar una elección con la mitad más uno pero no se puede gobernar con la mitad en contra. En un país democrático, la política es el arte de saber negociar.

Saber negociar exceptuando, por supuesto, los principios.

Una segunda razón es la situación en que se encuentra el país. En inseguridad, en las finanzas públicas, en la falta de oportunidades de trabajo. Habiendo manifestado ambas fórmulas --en uno de los pocos planteamientos que ambas manifestaron con claridad--, de que lo que requiere el país es crecimiento económico, las palabras claves para ello se vuelven confianza y estabilidad. Por más lejos de estas palabras que nos encontremos en este momento según muestran los indicadores económicos del quinquenio, y por la actual ansiedad que provoca el cerradísimo resultado electoral, más temprano que tarde la realidad terminará imponiéndose. Y es mejor para la inmensa mayoría de nosotros que sea lo más rápido posible.

En tercer lugar, se vuelve imperativo en la vida definir triunfo ya sea a nivel individual, grupal o colectivo. Yo creo que ambos partidos han tenido buen desempeño, ambos pueden clamar triunfo. El FMLN con su maquinaria bien aceitada en ambas vueltas; ARENA mejor en la segunda donde la sociedad civil le rebasó con un voluntariado no visto últimamente. 450 mil votos más en cinco semanas, alegría y juventud apoyando la marca tricolor. En este momento de alta pasión, más fácil resultará --en especial para los actores directos-- la cita del general Douglas McArthur: "No hay sustituto para la victoria". En términos estrictamente militares está bien, pero no así en términos políticos.

El riesgo en la actualidad es que se desborden las pasiones, ante la situación de virtual empate que se dio en las urnas. Nunca antes habíamos estado así en una elección presidencial. La ley establece recursos, ARENA en este caso está en todo su derecho de pedirlos, ¿quién no lo haría estando en su situación? Pero dirimidos estos, sea quien sea el ganador, ambos deberán aceptar los resultados, les favorezcan o no.

Porque al final del día, se es demócrata o no se es.

*Director Editorial

de EL DIARIO DE HOY.