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Vivito y coleando

En este mes conmemoramos simultáneamente veinticinco años de la emblemática caída del Muro de Berlín, y de la ofensiva "hasta el tope" que el FMLN emprendió para hacerse con el poder total. Lo primero supuso el descalabro, simbólico pero real, del marxismo en tanto ideología; lo segundo, más real que simbólico, trajo consigo una derrota militar de la guerrilla, y el inicio de una nueva etapa del conflicto, esa que desembocó en la firma de la paz.

La caída del Muro supuso un golpe muy fuerte para las ideologías (izquierda y derecha), pero para ninguna fue un golpe mortal. Para las de izquierda supuso el fin del bloque soviético, para las de derecha la necesidad de hacer una revisión a fondo de la libertad ilimitada, de la libertad sin contenido que desembocó en la crisis ética-económico-financiera de 2008.

Sin embargo, el marxismo sigue vivito y coleando. Y paradójicamente, donde más ha sentado sus reales es en el Occidente liberal. Sobrevive como una manera de pensar y de sentir, no en el sentido directo de una ideología política, sino en el más sutil que supone la presencia de valores y criterios que nos hacen ver el mundo desde el prisma del pensamiento marxista.

¿Qué queda del marxismo? Permanece en primer lugar el materialismo –no hay que olvidar que su núcleo es materialismo dialéctico–, responsable de que hoy en día planteemos casi todos los asuntos desde la perspectiva económica, en términos monetarios, por una parte, y por otra desde categorías político-económicas. Además del sesgo materialista, el marxismo ha dejado en nuestra capacidad de razonar una inclinación a pensar que lo natural es la oposición, a creer que la comodidad, la riqueza, el poder lo conseguimos contra los demás, aprovechándonos de los demás, o por lo menos, evitando que los demás nos quiten lo nuestro. No ha muerto, pues, ni el materialismo, ni la dialéctica que lo impulsa.

Después de la caída del Muro desapareció el imperio soviético, y con ello la influencia de la URSS como motor de las revoluciones. En un primer momento esto disparó la euforia capitalista, la ilusión de que la "lucha" había cesado. Pero en un segundo movimiento, nos dimos cuenta de que más allá del primer "enemigo", ya derrotado, había más: el terrorismo fundamentalista de raíces político-teológicas; el control geopolítico del petróleo en primer lugar y de los grandes mercados después; y el crecimiento económico desmesurado de algunas economías orientales.

Además, hay una consecuencia sutil, y quizá por eso más perniciosa, engendrada por la desaparición del enemigo, de las fronteras ideológicas, del opuesto. Y es que si bien cesaron las posiciones claramente enfrentadas, antagónicas, quedó el saber hacer de los que piensan en clave de Marx, que bajo caretas de democracia siguieron moviendo los hilos de la política.

El populismo es eficaz para conseguir votos, y el discurso de que juntos vamos a crecer todos, de que lo importante es el país, es una pantalla muy efectiva que se convierte en un moderno, y muy útil, opio para la gente. Pero, mientras tanto, los que mamaron marxismo en su juventud, los que por sus venas corre lucha y odio entre clases, se aplican de manera sistemática en transformar la sociedad, y no se van a conformar con nada menos que el poder total.

El materialismo y la dialéctica, entonces, son más actuales que nunca. Pensar que hace veinticinco años murieron las ideas marxistas, es un error. Consciente o inconscientemente todos tenemos una veta de marxismo. Quizá por eso podemos dialogar, pues si fuéramos completamente opuestos, el mismo intercambio de ideas sería imposible, como lo fue en el apogeo de la Guerra Fría. Hay ahora otra guerra, sorda, invisible, pero real, que es necesario recordar de vez en cuando.

* Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare