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No vivimos en paz

Las pandillas son incapaces de vivir en paz. Necesitan un enemigo común que les dé cohesión, porque no pueden prescindir de la violencia para mantener la jerarquía y el orden en su estructura interna, imprescindible para su subsistencia 

Vivimos en guerra. Si esta afirmación resulta chocante, podemos considerar que veinte muertos diarios, a largo de no menos de cinco años, si no es guerra, se le parece mucho. 

Una situación que se ha profundizado, entre otras razones, porque no hemos desarrollado, a lo largo de nuestra historia, una cultura cívica de rechazo a la violencia, sino todo lo contrario: poco a poco hemos ido entretejiendo la lucha y el conflicto entre nuestras fibras morales (rencor, odio, envidia), y trasmitiéndoselas a nuestros hijos. 

Con poco que se vea, uno encuentra que aquí, en lugar de fomentar con nuestros dichos y obras una cultura de paz, difundimos con más frecuencia de la que somos conscientes, lugares comunes e ideas enlatadas que “justifican” el recurso al conflicto: el discurso pobreza igual violencia, exclusión igual violencia, hacinamiento igual violencia, lucha de clases igual violencia, oligarquía igual violencia (para defenestrarla)… parece estar tan incrustado en el imaginario colectivo como los frijoles para desayunar. 

En cierta manera, podría decirse que el conflicto social de cada día persiste, porque hay una decisión inconsciente y colectiva --si puede hablarse de tal cosa-- que la justifica, y en algunos casos lo vuelve transparente.

La violencia se ha convertido en el hábitat de las pandillas: sin violencia, sencillamente, no pueden sobrevivir; y la sociedad en general --precisamente por esa carencia de registros culturales que nos aboquen a la paz civil--, da por natural, normal u ordinario, lo que es antinatural (porque es antisocial), anormal y extraordinario: la impunidad que sostiene y fomenta la violencia ciudadana.

Las pandillas son incapaces de vivir en paz. Sin violencia se ahogan. Tanto porque necesitan un enemigo común (la policía, la pandilla rival) que les dé cohesión, como porque no pueden prescindir de la violencia para mantener la jerarquía y el orden en su estructura interna, imprescindible para su subsistencia. 

Más allá de la violencia por medio de la cual cuidan celosamente sus territorios, cobran extorsiones e intimidan a sus vecinos, hay una manera de percibir el mundo. De sentir la realidad, de ver a los demás y de verse a sí mismos. Por eso las pandillas se enquistan en la obstinación de pervivir en la violencia. Por eso cualquier pacto o tregua que aparezca en el horizonte, es mentirosa de nacimiento. 

Además, para ir erradicando la violencia ciudadana, en este país tenemos otra situación: la incapacidad, por parte de algunos de los que tienen la responsabilidad de pacificar calles y barrios, para interpretar la situación desde perspectivas de no violencia. 

El mundo, para un marxista, es invivible sin violencia. La lucha está en su ADN, no puede pensar sin imaginar conspiraciones y concientizaciones de clase, lucha de oprimidos, explotadores y capitalistas-chupa-sangre-de-la-pobre-gente…, es incapaz de interpretar la realidad sin tomar en cuenta los intereses políticos y económicos, sin tener un enemigo más grande que él: la oligarquía, el sistema, la derecha, etc., al que hacer frente. Lo hemos visto: una vez sometido el enemigo doméstico, enfocan las armas verbales --pues con las reales difícilmente se atreven--, contra el “imperio”, el Banco Mundial o el sistema capitalista. 

Entonces, en un ambiente cultural que da por sentada la violencia como única respuesta --paradójicamente-- para sacar la violencia de la sociedad; con grupos y pandillas que tienen en la ella parte de su razón de ser, y sin la cual no sobreviven; con autoridades, y personas en situaciones de poder, formateadas mental y sentimentalmente para interpretar la realidad en clave amigo-enemigo, con una sociedad civil conformista y apática, con impunidad, institucionalidad débil y corrupción multinivel ¿nos vamos a extrañar de que la violencia en este país vaya siempre a más?

*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare