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¿Vivimos en un mundo realmente humano?

No sé qué respondería cada uno a los que se les hiciera esta pregunta, pero mi respuesta es que existe un claro déficit de humanidad y más acusado precisamente en los países que han logrado un gran desarrollo económico. Como prueba, yo me remito a los dos que he conocido más de cerca: España y Chile. Sus auges económicos coincidieron --y no es coincidencia sino consecuencia-- con una decadencia en humanidad. No sólo por el aumento de la inmoralidad privada y pública, sino muy especialmente por la incapacidad de reflexionar, analizar y discriminar entre lo beneficioso y lo perjudicial. El desarrollo tecnológico y la abundancia de medios de vida han servido para que muchos padezcan de un vaciamiento espiritual y moral. Ese ganado humano vive al día, superficialmente, buscando los máximos placeres y comodidades posibles y ansiosos por tener mas cosas y mejores que el vecino.

No descubro con lo antes dicho nada que no haya sido señalado ya desde el siglo pasado por eminentes personalidades. Así por ejemplo por el intelectual checo Vaclav Havel, que sufrió la esclavitud mental y moral del comunismo impuesto por la Unión Soviética en toda el Este de Europa pero que también denunció esa deficiencia en humanidad que subsistía después de librarse de la terrible tiranía comunista. "Un estado moral e intelectual --dijo-- no puede establecerse por medio de una constitución o mediante la ley, ni por medio de instructivos, sino solamente mediante una labor --compleja, de largo aliento y que no termina jamás-- que involucra la educación y la autoeducación. (…) exige la valentía de infundir aliento moral y motivación espiritual en todo, de buscar la dimensión humana de todas las cosas".

La solución marxista --socialismo del Siglo XXI, chavismo, populismo, etc.-- solo puede aceptarse por una profunda ignorancia de su fracaso económico y humano en todos los países o por los sinvergüenzas de siempre que utilizan esa farsa como una vía fácil para encaramarse en el poder político y económico. Pero su otro extremo, el capitalismo también es deshumanizador con su aumento de las desigualdades y la injusticia.

El prestigioso sociólogo Zygmunt Bauman tiene palabras duras y directas sobre el imperio capitalista: "Dejar al mercado la dirección del progreso es un suicidio porque su objetivo son los beneficios y no las personas. El trabajo se transforma en una mercancía y el trabajador en una pieza de recambio". Bauman califica esta actitud acumulativa y ostentosa de antisocial, con el agravante de que todo el mundo se siente llamado a llegar a unos "estándares" de consumo para no desentonar y no sentirse frustrado. Esto genera otro problema más grave, el sobreconsumo que lleva a las personas al endeudamiento. Cuando éste se junta con el paro, se genera el colectivo de los "nuevos pobres". Así se ha pasado de una sociedad sólida, de compromisos, vínculos y certezas firmes, a una sociedad líquida, donde la debilidad de los vínculos humanos generan una sociedad individualista y privatizada, siempre cambiante e imprevisible, con una inseguridad y movilidad laboral que arruina cualquier previsión de futuro.

Marxismo y capitalismo convergen en que utilizan a los seres humanos como objetos, como material manipulable y deshumanizador.

Ahora el Papa Francisco, en su Discurso al Parlamento Europeo, pide en cambio reconocer la centralidad de la persona humana, abierta a la trascendencia, lo cual implica favorecer sus cualidades, destacando el valor de la educación a partir de la familia, "célula fundamental y elemento precioso de toda sociedad", porque, si no, "el ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de un mecanismo que lo trata como un simple bien de consumo para ser utilizado, de modo que --lamentablemente lo percibimos a menudo--, cuando la vida ya no sirve a dicho mecanismo se la descarta sin tantos reparos, como en el caso de los enfermos terminales, de los ancianos abandonados y sin atenciones, o de los niños asesinados antes de nacer.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com