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¡Viva Santa Tecla!

La luna llena de septiembre me llevó a Tarragona, España, el mero día de su patrona, la Santa Tecla.

Era lunes 23, y el tren, procedente de Barcelona, llegó puntual a las 9:17 am. Con el lujo de la compañía de mi hijo y mi suegro, nos dirigimos a la caseta de información turística a armar el plan para sacarle jugo al día.

Zazzz, abrieron un mapa los muy amables catalanes. "Tenéis que visitar el ayuntamiento, la catedral y el Parque del Jerez. No dejéis de apreciar la torre humana que ocupa el primer lugar en el Libro Guinness. Cuando aprete el hambre, os recomiendo la paella de la mama Carmela. No dejéis de probar la sangría de su esposo, que os refrescará.

Una meque y parlantina argentina, con aroma a níspero y jerez, nos acompañó a un desfile como ninguno, rodeado de muchos que desayunaban cerveza y tabaco.

Es que hubo alborada por estar a punto de culminar 10 días de intensa marcha en honor a Santa Tecla y, evidentemente, el plan de los tarraconenses era seguir celebrando hasta el final. ¡Salud!

Entre aquel mar de alegría, perdimos a la argentina, pero encontramos un ambiente que se va a los penaltis con Río o Nueva Orleáns en martes de carnaval.

Un popurrí de más de 10 kilómetros de música, cuetazos, color, bailes, folklor, historia, euforia y sincera devoción a la patrona.

Belleza congelada en fotos inolvidables gracias a que el alguacil me permitió mezclarme entre la acción, al contarle que venía de Santa Tecla.

La cereza en el pastel eran los veinte grados, bajo un cielo profundamente celeste, sin una nube que tapara al macho.

El camino nos llevó a la Catedral, ubicada en la cima de una ciudad de ciento treinta mil amantes del sol y el mar. Nos recibió una vista del Mediterráneo, alabado por muchas chicas al natural, que deleitaban a varios buques de guerra, comercio y pesca.

Habiendo capturado la obligada imagen en el celular (vendo cámara), ingresamos a la misa de buenos días Santa Tecla, cuyo objetivo, era trasladar su brazo, cubierto por un carapacho de plata, de su santuario al Altar Mayor.

Luego del podéis ir en paz, nos acercamos al párroco: "Venimos de Santa Tecla, El Salvador, con la misión de venerar a la Santa". Consciente que existe un pueblo en América con el nombre de Su Merced, nos pidió un momento, y a paso reflejo de sus años, nos acercó el Santo brazo que por instinto besé, envolviéndome un poderoso flashback de mi infancia en la casa de mis abuelos en la ciudad de las colinas.

Salimos del templo con alma en paz, listos para dar fe en la Taberna de doña Carmela. Paco nos recibió con una sonrisa del tamaño de su barriga, y al saber de dónde veníamos, nos llevó a la mejor mesa y nos mandó una cañita y pan con tomate de cortesía.

También nos cantó el menú pero, por más que le insistimos, no develó el toque de magia de la paella de la mujer que he tenido que aguantar por 55 años. ¡De chuparse los dedos. (¡La paella, no la vieja!).

Paco no nos dejó probar su crema Catalana ni su Anís del Mono, pues había que trasladarse al ayuntamiento.

Qué espectáculo, vale. Tres torres de masa humana compitiendo para ser los primeros en depositar un cipote, a la par del alcalde, en la terraza frontal a unos 10 metros de altura. ¡Ohhhhhhh!

La puesta del sol nos llevó a la estación de tren, felices de haber cumplido con la misión que nos había encomendado un tío tecleño de corazón, y disfrutado un día perfecto, de aquellos que hay que pellizcarse para validar si estás vivo.

Como dijo MacArthur, Volveré. Volveré a tachar de la lista de pendientes, el sagrado desfile del brazo de Santa Tecla por las calles empedradas del bello Tarragona, a disfrutar el postre, el digestivo, la plática de una Cataluña independiente con el amigo Paco, y las boquitas de paisaje que contemplaban los buques.

*Colaborador de El Diario de Hoy

calinalfaro@ogilvy.com