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Viroleño universal

"Deseo informarles acerca de un milagro", fueron las sorpresivas palabras de Monseñor José Luis Escobar Alas, Arzobispo Metropolitano de San Salvador, al final de la eucaristía del pasado domingo 28 de julio en Catedral. "Hace tres años, cuando faltaba tan poco para la celebración del primer centenario de nuestra Arquidiócesis, se acercó a mí un salvadoreño que dijo ser escultor y que deseaba donar al país una imagen del Divino Salvador del Mundo".

En unos diez minutos, ante la expectante feligresía congregada en Catedral, refirió Monseñor aquella primera plática que había tenido con Camilo Bonilla, arquitecto, empresario y artista viroleño que tiene más de treinta y cinco años de vivir en Japón, pero que nunca ha conseguido (ni ha querido) separarse emocionalmente de su tierra natal.

En efecto, en 2010, Camilo estaba a pocos meses de terminar una monumental escultura de Jesucristo de más de tres metros de altura. Justo en septiembre de 2006, cuatro años antes, quien estas líneas escribe había visitado al artista en su hermosa residencia de la ciudad de Takarazuka (prefectura de Hyogo), con la intención de agradecerle la generosidad con que había distinguido al país en el tiempo que llevaba mi gestión al frente de Concultura.

Es gracias a Bonilla, por ejemplo, que los bustos de Claudia Lars, Salarrué, Pancho Lara y Agustín Barrios "Mangoré" adornan el Jardín de los Artistas frente a la entrada principal del Teatro Presidente. También fue Camilo quien donó el busto de Claudia Lars que ahora está en el parque central de Armenia, Sonsonate. Y en los últimos quince años ha sido él el principal animador del intercambio artístico y cultural que ha tenido lugar entre Japón y El Salvador, al punto que numerosos creadores jóvenes cuscatlecos han tenido la oportunidad de recibir becas en Japón y hasta pasar temporadas enteras en el taller del maestro Bonilla, aprendiendo sus técnicas para la escultura, la pintura, el dibujo, el grabado, la cerámica y la orfebrería.

Camilo es uno de los pocos artistas de origen latinoamericano que cuenta con esculturas permanentes en sitios públicos de Japón, Corea y Zaire, entre otras naciones asiáticas y africanas. Los más importantes medios de comunicación japoneses han reseñado con encomio sus éxitos, tanto en el ámbito empresarial como en el artístico. De hecho, que se sepa, el arquitecto Bonilla es el escultor salvadoreño con mayor cantidad de obra expuesta al aire libre en el mundo.

Pero lo más impresionante en el currículo de este viroleño universal es su sencillez y el pródigo amor que siente por su Patria. Personalmente no conozco, en la historia nacional, otro caso similar. Ningún artista salvadoreño ha hecho tantas donaciones de obra escultórica y ha patrocinado a tantos talentos jóvenes como Camilo Bonilla. Antes de la donación de la imagen del Divino Salvador del Mundo que este próximo tres de agosto será colocada en la fachada de nuestra Catedral Metropolitana, la más colosal escultura regalada por Camilo al país era la extraordinaria Virgen de los Pobres, que está en la Catedral de su querida Zacatecoluca. Ya sólo por esa obra merecería el arquitecto Bonilla ser recordado con gratitud.

Pero mi amigo no es hombre que se quede quieto cuando le asalta una inspiración. Y lo que Monseñor Escobar Alas vio en Camilo Bonilla hace tres años, al contarle de su formidable Divino Salvador del Mundo, fue la pasión de un artista que había sido tocado por Dios. De allí que nuestro Arzobispo se refiriera a un "milagro", porque el autor de esta hermosa imagen no sólo la ha trabajado con cariño, sino que ha costeado su traslado en barco desde Japón hasta Acajutla y donado los exclusivos materiales que le servirán de pedestal en su ubicación definitiva.

Ayer, el maestro Bonilla recibió las llaves de la ciudad por parte del señor Alcalde de San Salvador. No sería extraño que nuestro Santo Patrono le tuviera reservadas las llaves del cielo. ¡Gracias, Camilo!

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.