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Vientos del norte

Estados Unidos acaba de posponer la solución de un serio problema doméstico, y como su papel en los asuntos globales es fundamental, muchos han estado pendientes del impase político que recién se destrabó el pasado miércoles, atentos a si su Congreso accedía a subir el nivel máximo de endeudamiento y las cosas volvían a la normalidad en Washington.

Lo que a primera vista parece un problema administrativo: Obama necesita más dinero para su programa de salud, los ingresos corrientes del gobierno son insuficientes, los congresistas de oposición tienen suficiente poder como para bloquear las fuentes de financiamiento del gobierno, el Ejecutivo no tiene cómo pagar sueldos y suspende 800,000 empleados… Es, en primera instancia un problema económico, y más a fondo, uno político.

Es económico porque, tal como una persona que no tiene ingresos suficientes y está cargada de deudas; tanto que sólo es capaz de pagar intereses, y el monto de sus obligaciones aumenta constantemente; termina por llegar a una situación en la que debe escoger a quién pagar y a quién entretener. En el norte, si el Congreso no autorizaba un aumento del techo de endeudamiento, la administración Obama habría tenido que empezar a escoger a quién de sus acreedores pagaba y a quién no… Y considerando que las divisas de los gobiernos de medio mundo están invertidas en valores del tesoro norteamericano, el caos que se vislumbraba era de tener seriamente en consideración.

Pero el problema tiene un fundamento político que, precisamente por encontrarse en la base de todo el sistema, a veces no se conoce: desde que se cambió el modo en que los partidos escogen a quienes se postularán para las elecciones presidenciales (con un sistema de primarias, y a partir de la representatividad de cada postulante con respecto a quienes votan por él), para llegar a ser candidato importa cada vez menos la ideología, y cada vez más la disponibilidad de dinero para hacer obra en beneficio de la gente.

Como escribe un analista: "los ciudadanos, cada vez más frecuentemente, no saben ni les interesa quién es el congresista o el senador que les representa. Lo que les importa es lo relacionado con las escuelas, las carreteras y los impuestos. Mientras estos asuntos funcionen razonablemente bien, están contentos". Lo saben muy bien los partidos, y son conscientes de que los asuntos políticos (en cuanto administración y buena conducción de la cosa pública) interesan menos a los ciudadanos, mientras todo lo que incumba a la esfera privada, se vuelve muy importante ("la economía, estúpido…").

La ideología ha ido perdiendo fuerza y los intereses concretos, privados, medibles, ganan importancia a la hora de decidir a quién otorgar el voto. De hecho, hay analistas que ponen en la atención de Obama a la suma de los intereses minoritarios, una de las claves de su reelección.

Entonces, las minorías cobran cada vez más importancia, pues los intereses particulares tienden a fundirse hasta formar amplios frentes de presión. Así, un punto sensible como la salud pública se volvió tan importante como la garganta de las Termópilas en la batalla política entre demócratas y republicanos, y por eso ninguno quería ceder, hasta que se puso en juego la estabilidad crediticia de los Estados Unidos. Al final, se dieron cuenta de que por estar disputándose la dirección del barco, si no se ponían de acuerdo, terminarían por hundirlo.

Algo de eso, guardando las distancias, tenemos por aquí: en la propaganda que a diario nos desayunamos, un partido le está apostando al sentido político de las personas, apela al patriotismo y al orgullo de ser salvadoreño; mientras los otros prometen y prometen una vida mejor… Ideales versus intereses. A ver.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org