Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Vida normal y austera en los funcionarios. ¿Puede lograrse?

Una foto del papa Francisco arrodillado en un confesionario ha dado la vuelta al mundo; lo mismo ocurrió cuando el Pontífice, de origen argentino y jesuita, asistió a los ejercicios espirituales este año junto con otros miembros de la curia y se movilizó en un autobús a la casa de retiros fuera del Vaticano. Y qué decir de otros hechos que se han convertido en noticia mundial como que el Papa se desplaza en un carro sencillo, lo más alejado a un automóvil de lujo, mucho menos en tremendas caravanas con sirena abierta, o cuando, luego de ser elegido al frente de la Iglesia, una de las primeras cosas que hizo fue recoger su maleta, con sus artículos personales, que se encontraba en un pequeño hotel donde se hospedan los clérigos en Roma.

Esto no es nuevo en el papa Francisco. Cuando era arzobispo de Buenos Aires, y mucho antes provincial de los jesuitas, vivía modestamente como lo suele hacer la mayoría de religiosos; incluso viajar en metro o en bus cuando se arruina o no se tiene el vehículo normal y sencillo.

La pregunta que surge de inmediato es: ¿Por qué son noticia estos hechos que sin duda son normales y cotidianos para la mayoría de personas? Pronto se tiene la respuesta: es el Papa. ¿Y qué?, repregunto, al tiempo que me respondo: no es un mortal como cualquier otro, no es un cristiano como cualquier otro, no es un sacerdote o religioso como cualquier otro. Sí, pero es el Papa me argumentarían.

Pues bien, es el Pontífice, el sucesor de Pedro, el obispo de Roma, a quien se le trata como jefe de Estado, por estar al frente del Vaticano, y por ser la cabeza visible de los millones de católicos que hay en el mundo; es, ante todo, una persona, un creyente un servidor a través del ministerio, en este caso como Pontífice.

En este sentido, como persona es eso, un individuo con cualidades y defectos; como religioso, como sacerdote y como obispo tiene una misión que desarrollar, en este caso de grandes responsabilidades al frente de la Iglesia. En tal sentido, debería ser normal que un creyente católico como él, se confiese porque se trata de un sacramento, el sacramento de la Reconciliación mediante el cual el creyente reconoce, acepta y pide perdón por sus pecados.

Ahora bien, no trato de hacer una apología de este sacramento, quizá uno de los más incomprendidos en la actualidad, sino señalar y aquí avanzo en mi razonamiento que el hedonismo, el materialismo y el consumismo de una sociedad superficial como la nuestra, tiende a olvidar lo cotidiano de la vida, la normalidad de las personas que, sin importar que tengan tal o cual responsabilidad, sean pobres o ricos, feos o guapos, flacos o gordos, tienen que vivir y sobrevivir con lo propio de la cotidianidad que incluye desde las prácticas de supervivencia hasta las costumbres propias de una persona y su entorno inmediato, su familia y amigos.

En este sentido también es noticia, el presidente uruguayo José Mujica, un exguerrillero Tupamaro, de 77 años, quien vive en una pequeña granja a las fueras de Montevideo, con su esposa, la senadora Lucía Tolpolanski, se transporta en un viejo vehículo y dona parte de su salario presidencial, de unos 12 mil dólares, para construir viviendas populares.

Pues bien: ¿Tendremos en El Salvador con el presidente electo a un funcionario con este estilo? Esperaría que sí, sería un cambio radical con lo que tenemos en la actualidad en la que, por ejemplo, tenemos la caravana presidencial y los viajes aéreos privados al extranjero que son un verdadero insulto. Y qué decir de los flamantes padres de la Patria, que el jueves pasado se enfrascaron en defender a capa y espada, y por supuesto lo lograron, la aprobación de un presupuesto de 1.4 millones de dólares, fondos que serán sustraídos de las carteras de Salud, Educación, Seguridad y Defensa, para costear la ceremonia del traspaso presidencial.

Escuché que el presidente electo, en gira por Centroamérica, ha pedido que los gastos del traspaso sean menores; no sé sí será así, pero lo que sería una bienvenida y bien vista señal es que el presidente electo instaure un estilo sencillo, austero, cotidiano de presidente que al igual que la mayoría de salvadoreños, trabaja duro, tiene un salario modesto, realiza sus gastos hasta donde le alcanza, se desplace en bus o en carros sencillos y normales, que se divierte y hace uso del ocio con decoro y, por supuesto, que envía a sus hijos a un colegio o escuela que puede pagar. ¿Es eso mucho pedir a la nueva administración?

*Editor Jefe de El Diario de Hoy.

ricardo.chacon@eldiariodehoy.com