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En vías de subdesarrollo

La violencia cotidiana hace que tengamos unas tasas de homicidio dignas de catalogarse como una epidemia. Si no ¿qué enfermedad mata más de diez personas --para ir por lo bajo--, diariamente?

El "consuelo" es que muchos otros países también padecen lo mismo, y por ello el PNUD dedica su Informe Regional de Desarrollo Humano para América Latina 2013-2014 (publicado hace pocos días), a investigar el fenómeno de la inseguridad ciudadana en la región.

El meollo del análisis es cómo influyen negativamente los efectos de la inseguridad en el desarrollo económico y social de los países.

El informe asocia la problemática con el caótico y veloz crecimiento urbano, con la migración que transforma la estructura familiar, con las severas fallas en el sistema educativo y con el alto grado de exigencia que el consumo, como medio de vida, impone a las personas. Si además se añade la proliferación y facilidad de acceso a las armas de fuego y el crecimiento canceroso del tráfico de drogas, tenemos los elementos constituyentes de la violencia cotidiana en que nos movemos.

Por si fuera poco, a todo lo anterior se añade la endeble institucionalidad que hace utópica, en muchos casos, la provisión de seguridad por parte del Estado y vuelve casi inoperante la impartición de justicia.

De las causas pasa a analizar los efectos negativos que la violencia tiene ya no sólo en el crecimiento, sino también en la estabilidad económica. Por citar el caso de nuestro país, según el informe, si la tasa de homicidios en se redujera en un 10%, nuestro PIB per cápita aumentaría un 1%, en lugar del 0.02% que se mueve cada año, es decir, crecería cincuenta veces más.

Aunque el PNUD no pretende proporcionar soluciones al problema de la inseguridad, sí es explícito al señalar que las políticas de "mano dura" no han sido eficaces. Es claro también al recomendar deslindar las políticas y acciones de seguridad de la política partidaria, pues de lo contrario --al politizar el tema--, el propósito de las acciones privadas o gubernamentales deja de ser la seguridad ciudadana, y se vuelve más importante presentar la eficacia de las acciones estatales o partidarias implementadas, que la reducción del crimen. Es decir, que la propaganda le gana la partida a la eficacia.

En el informe somos citados por los resultados de disminución de los asesinatos en el último año. Y se incluye el pacto entre maras como una de las cinco experiencias latinoamericanas exitosas.

Pero al mismo tiempo nos señalan como ejemplo de altas tasas de homicidio combinadas con elevados niveles de pobreza. Además aparecemos entre los tres países con mayor índice de deserción escolar; entre las naciones que tienen una relación anormal entre violencia y corrupción; ocupamos el primer lugar en homicidios de jóvenes en Latinoamérica y solamente Guatemala nos supera en el promedio anual de feminicidios en Centroamérica; tenemos el índice más alto de reclusos acusados de extorsión; ocupamos el primer lugar en América de sobrepoblación en las cárceles (298%), y somos el país número uno en la pérdida de percepción de expectativa de vida debido a los homicidios.

Con todo, si se parte de que una condición imprescindible para el desarrollo humano es la reducción de las amenazas a la vida, y de que es imposible avanzar económicamente mientras el clima de inseguridad impida trabajar en paz, moverse libremente, expresarse o emprender; no es difícil concluir que en este tema vamos como el cangrejo. De allí el título de esta nota, pues mientras haya más inseguridad y violencia ciudadana, el desarrollo humano, económico y social, será cada vez más difícil de alcanzar.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org