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La vía de la belleza

"Durante unos momentos, me sentí elevado de mi concepción materialista del mundo hacia una dimensión espiritual indescriptible, una experiencia que me resultó realmente sorprendente". Así recuerda Francis S. Collins, en su libro "El lenguaje de Dios", la experiencia que tuvo, cuando todavía era un joven ateo, al escuchar el segundo movimiento de la tercera sinfonía de Beethoven, tocada en el estadio olímpico, por la muerte de los atletas israelíes asesinados por terroristas en la Olimpiada de 1972.

Manuel García Morente, filósofo, ateo, durante la crisis espiritual que terminaría llevándole a la conversión al catolicismo, lleno de angustia enciende la radio y escucha algo nunca antes oído: L'enfance de Jésus de Berlioz. Algo que describirá como «exquisito, suavísimo, de una delicadeza y ternura tales que nadie puede escucharlo con los ojos secos. Cuando terminó, cerré la radio para no perturbar el estado de deliciosa paz en que esa música me había sumergido».

Emil Cioran, exagera con humor escribiendo: "Cuando escucháis a Bach, veis nacer a Dios... Después de un oratorio, una cantata, o una 'Pasión', Dios debe existir... ¡Y pensar que tantos teólogos y filósofos han derrochado noches y días buscando pruebas de la existencia de Dios, olvidando la única!".

Son experiencias estéticas muy por encima de la agradable, son algo que abre un alma a un espacio de sublimidad que roza con lo infinito, con lo divino, pero la anticultura actual del relativismo y el materialismo hacen muy difícil que las personas puedan elevar hoy su alma hacia esas experiencias de lo sublime porque ni siquiera tienen gusto y experiencia para la simple belleza.

Con frecuencia hallamos que ni en las bellas artes ni en la música actuales existe belleza sino que incluso se fomentan y se aplauden fenómenos de auténtica fealdad, en los que se pisotea la dignidad humana. No hace mucho se presentaron en nuestra ciudad ejemplos pictóricos del más logrado feísmo, con rostros semi-humanos semi-cadavéricos y en otros cuadros manchones de colores turbios como vomitados. A nivel internacional, por lo menos uno de los distintos estilos de Picasso tiene la impronta del odio satánico contra los hombres y también siguen triunfando los cuadros del inglés Bacon donde los rostros humanos parecen haber sido aplastados por alguna fuerza brutal.

Susanna Tamaro nos muestra esa ceguera actual para la belleza cuando recomienda a un amigo, que tiene todo y se siente vacío, «el primer día soleado agarra tu mochila y vete a solas a caminar por la montaña. Sube mucho y, al subir, mira a tu alrededor, observa los brotes en los árboles y la hierba nueva que va brotando debajo de la vieja. Escucha el canto de los pájaros, las cascadas de notas que bajan desde lo alto de las frondas, escucha la brisa ligera y mira cómo las estrellas ceden su sitio a la luz y cómo la luz nueva día acaricia las cosas alrededor volviéndolas nuevamente vivas". "¿Y después?", me preguntó mi amigo. "Después nada más", le contesté. Parecía decepcionado. "Ya sé que en primavera ocurren esas cosas, no hace falta que las vaya a ver". Y se marchó descontento y sombrío como había llegado».

Hay que volver a educar a la juventud en la vía pulchritudinis" --la vía de la belleza-- alentada por Benedicto XVI y que Juan Pablo II en su encíclica Fides et Ratio recomendaba también a los filósofos diciendo que la vía de la belleza era también una vía de la verdad, a través de la cual el hombre se esfuerza para descubrir la bondad del Dios de amor, "fuente de toda belleza, de toda verdad y de toda bondad. Lo bello, como también lo verdadero o lo bueno, conduce a Dios".

Quien tiene sentido de la belleza auténtica, limpia, digna, repele toda la mentira intelectual y la suciedad moral que fomenta la cultura de la muerte y está dando los primeros pasos hacia lo sublime, hacia lo infinito, hacia Dios.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com