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¿Verdaderamente queremos la Paz?

Sobre nuestra bandera ondean las palabras que sabemos deberían guiarnos en el camino hacia la Paz que tanto anhelamos: Dios, Unión y Libertad

Hace tres semanas un sacerdote acompañado de 50 huérfanos rumanos --quienes habían llegado en peregrinación a Medjugorje, Bosnia-- tocaron a la puerta de la casa de Nancy y Patrick Latta. Aunque el padre y los niños tenían arreglado el hospedaje en un lugar que los acogería durante la semana de su visita, no habían podido resolver aún cómo se alimentarían. Al conocer su situación, Nancy y Patrick ofrecieron proporcionarles los tres tiempos de comida durante los días que durara su estadía, con excepción de los miércoles y viernes que ayunan obedeciendo a los mensajes de la Virgen. Así, cada día recibían al hambriento grupo para el desayuno, el almuerzo y la cena, día tras día… Entre los huérfanos había niños pequeños y jóvenes,  todos golpeados por la pérdida y el dolor. Antes de partir, uno de los mayores se acercó a Nancy y sin más le dijo: “Ya no odio. He comprendido que la diferencia entre ricos y pobres es únicamente que ustedes tienen más para dar a los que lo necesitamos”.

Escuchar esta historia me impactó profundamente, quizá porque vivo en un país donde se fomenta tanto el odio de clases… Me quede pensando: ¿por qué permitimos que crezca la cizaña que siembran quienes nos quieren dividir? ¿Por qué no somos capaces de vivir en la paz que pude evidenciar en esa tierra lejana? ¿Qué hay en Medjugorje que no hay en nuestro país?

Durante mi peregrinación, tuve la dicha de hospedarme en casa de Nancy y Patrick  --conocida como “El Castillo”--  y pude ver un sueño hecho realidad: la paz en que se convive cuando Dios es el centro y fin de la vida; y cuando al igual que María, se acoge en el corazón Su palabra, mandamientos y enseñanzas. 

En El Castillo vi como cada día se agradece y comparte lo que tienen HOY. Ellos reconocen que todo es don de Dios y saben que Él proveerá lo de mañana. Por eso, disfrutan lo que reciben pero no desperdician nada, sino que lo cuidan y comparten. Hay días en que los visitan más de cinco mil peregrinos para escuchar el testimonio de conversión de Patrick, y si alguno pide agua, café u otra cosa, siempre hay para todos.
 
Quienes allí viven entienden el trabajo no como un mal necesario para ganarse la vida, sino como servicio y manifestación de amor. Nancy gobierna El Castillo mediante su servicio alegre a todos: cocina, sirve, ordena, hace de guía, de directora, de amiga, de mamá….  Y Patrick, entre testimonio y testimonio, lleva cosas de un lugar a otro, ayuda a cortar papas, a encender la barbacoa, hace de chofer, de maletero…  Personas de diferentes lugares del mundo, desde jóvenes hasta adultos mayores llegan al Castillo para ayudarles gratuitamente por algún tiempo en las tareas para sacar adelante este lugar. Y, en medio de tanto quehacer, todos aprovechan para rezar por la paz en el mundo, por la conversión de todos aquellos que los visitan. En ese hogar no se desprecia a nadie ni por su condición social ni económica ni física ni culturalm  ni religiosa ni profesional… ¡Se acepta y ama a todos porque saben que son sus hermanos a pesar de sus defectos y diferencias!

¿Parece un cuento de hadas verdad? Hay quien podría pensar que son como “hippies modernos”: ¡Amor y Paz! Y, efectivamente,  así lo son,  pero cimentados en la base más sólida, fuerte e inamovible que puede haber: Dios. Pues quien está cerca de Dios es capaz de entender y amar a los otros, porque la paz se conquista en cada corazón.

Nuevamente estamos terminando el mes en que celebramos la independencia de nuestro querido El Salvador  y sobre nuestra bandera ondean las palabras que sabemos deberían guiarnos en el camino hacia la Paz que tanto anhelamos: Dios, Unión y Libertad. Pues si nos reconocemos hijos de Dios, nos veremos y trataremos como hermanos y, entonces, cualquier tipo de odio desaparecerá. Por eso, si verdaderamente quieres la paz te pregunto: ¿Qué estás haciendo TÚ para conseguirla?.

*Colaboradora de El Diario de Hoy.
@MonicaPacas