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Verdad, libertad, dignidad

En el artículo "Principios, valores, virtudes", publicado en estas páginas de opinión el pasado 20 de junio, la colega columnista María A. de López Andreu sintetiza la relación dinámica entre estos tres conceptos, ilustrando además sobre el contenido básico de cualquier conducta que podamos considerar ética.

En efecto, como bien señala doña María Alicia, los principios éticos necesitan ser objetivos, universales, inmutables e inherentes a la naturaleza humana. Sería imposible establecer parámetros de conducta moralmente aceptables si los sometemos al vaivén de las subjetividades o si alguien puede arrogarse la potestad de declararlos inaplicables en determinadas circunstancias.

Por razones obvias, el clásico ejemplo de "dignidad humana" como principio ético ha merecido hondas reflexiones al paso de los siglos. Es inocultable el hecho que las más grandes perversiones registradas por la historia --llámese "holocausto", "gulag" o "apar-theid"-- tienen en su médula una activa negación de este principio.

Por mi parte estoy convencido que existen tres grandes pilares sobre los que descansa la dignidad humana: el derecho a la libertad, el respeto a la conciencia y el amor por la verdad; tanto así que el futuro del mundo no será mejor de lo que es nuestro presente si no somos capaces de entender qué es la libertad, cómo se forma la conciencia y qué implica la existencia de la verdad.

Sin embargo, al reconocimiento de la importancia radical de estos pilares debe seguirle la necesidad de mantenerlos en inteligente equilibrio. Si, por ejemplo, absolutizamos la libertad en detrimento de la verdad y de la conciencia, no puede haber justicia, porque la justicia consiste en dar a cada quien lo que merece, y si la justicia no coincide con la admisión de la verdad en nuestra conciencia, la libertad puede perfectamente convertirse en un mero instrumento en las manos del más fuerte.

¿Qué busca un juez cuando dirime un caso de asesinato? La verdad detrás de los hechos sometidos a su jurisdicción. Sin ese propósito, todo ánimo de hacer prevalecer la justicia sería absurdo. ¿Por qué en este caso nadie colocaría la libertad de una persona, el presunto asesino, por encima del valor justicia? Porque existe el consenso global de que la comprobación de un delito es suficiente motivo para limitar el derecho a la libertad del delincuente. Despojados de este consenso básico, la protección de cualquier otro derecho humano sería impracticable y la libertad se convertiría en una excusa para establecer la ley de la selva.

Uno de los mayores riesgos del mundo actual es la absolutización de la libertad. En nombre de ella --y de ese otro "mantra" posmoderno: la tolerancia-- se ha pretendido que dejemos de observar la verdad, como si apelar a ella fuera sinónimo de fanatismo o imposición. Y lo peor es que sobran líderes de opinión a quienes fascinan este tipo de deducciones simplistas.

Paradójicamente, ningún sistema ético es viable allí donde no existen convicciones sobre el bien y el mal. Sin una convicción detrás de ella, es inútil incluso la afirmación de que nadie debe imponer sus valores a nadie. Alfonso Aguiló apunta: "Cuando alguien niega que exista una verdad universal, lo que realmente hace es tomar para sí un concepto propio de lo que es la verdad y el bien. Y como el relativismo absoluto es imposible, irá considerando menos válido el concepto de bien a medida que se aleje del concepto suyo. Más o menos lo mismo que sucedía con el etnocentrismo persa, solo que ahora poniéndose en el centro uno mismo, en vez de al pueblo persa".

El gran enemigo de la libertad, por tanto, no se encuentra necesariamente en la gente que tiene convicciones. Absolutizar la libertad, en cambio, como si fuera la más importante de las conquistas humanas, sí entraña un problema. Querer ser libres es magnífico, pero es todavía mejor tener claro para qué queremos ser libres. No se trata de condicionar la libertad, sino de llenarla de sentido.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.