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¿Vendernos por un plato de lentejas?

Nos encontramos en el ocaso de una campaña electoral que sin temor a equivocarme ha enfermado a chicos y grandes, ricos y pobres, instruidos o no. A gritos se oye decir que lejos de haber propuestas serias y honestas, lo que la ha caracterizado es la inescrupulosa estrategia que se ha utilizado para debilitar al adversario. Promesas poco creíbles y nada simpáticas, en donde a aclaras luces se nota que lo único que se busca es hacerse del poder a costa de cualquier maniobra.

Los ciudadanos que sueñan con un mejor país, residentes dentro de nuestra geografía o fuera de ella, se sienten decepcionados de la clase política que tenemos. De aquellos que, en lugar unir al país lo dividen cada vez más con esa mezquina visión parcializada de la realidad. Olvidándose que han sido llamados para ejercer un empleo transitorio en bien de toda la población, asumen una actitud parcial y partidaria en todo lo que hacen. Lo que menos tienen es liderazgo, y lo peor es que ni saben que se encuentran a años luz de su verdadera función de liderar a los salvadoreños.

Lo menos que uno podría esperar es que quienes gobiernan sean personas maduras emocionalmente, que no se dejen provocar; que tengan la capacidad para trabajar con amigos y adversarios en proyectos de nación y no políticos. Quienes creemos en Dios y su palabra, los que no tenemos compromisos con ninguna ideología partidaria, sino con los intereses más sentidos de la población salvadoreña, esperaríamos que se nos hable con honestidad y transparencia; que no se nos ofrezca un panorama halagador post campaña y al final terminen haciendo sus caprichos.

Los salvadoreños honestos y trabajadores no queremos palabras, sino hechos que perduren en el tiempo. Por encima de sus ideologías debería primar el temor a Dios y el respeto a su prójimo, la promoción de una cultura pacífica y armoniosa, en donde lo único que importe sea sacar al país del atolladero en que se encuentra. En lugar de fomentar la desunión con ese nutrido bombardeo propagandístico, deberían ser agentes pacificadores, dando el trato a los demás que quisieran recibir de ellos. La soberbia y revanchismo no es una fortaleza, sino señal de debilidad en el carácter.

Salvadoreños que creen en las libertades, en la libre competencia, en la democracia justa y verdadera (no en demagogias ni dictaduras enfermizas), en la libertad de culto, en el orden que establece la Biblia en lo relacionado al matrimonio y la familia, y en el progreso individual y colectivo a partir de la iniciativa personal, esperarían que quienes nos gobiernen por los próximos años, preserven y promuevan nuestras legítimas e inherentes libertades que como a seres humanos tenemos derecho. Cualquier ideología (venga de donde vega) que riña con los principios de la palabra de Dios, es atentatoria a nuestra fe y progreso.

Como salvadoreños responsables, lo menos que podemos hacer es acudir a las urnas el 2 de febrero, demostremos nuestro nivel de compromiso no con una ideología, sino con el futuro que deseamos heredar a nuestros hijos. Vayamos a votar y no dejemos que otros decidan por nosotros y los nuestros, ejerzamos nuestro derecho al sufragio sin rencores ni malestares producto de la polarización a la que los políticos suelen llevarnos. No comprometamos nuestro bienestar por ninguna regalía o promesa, no seamos "como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura… que aún después, deseando heredar bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas". (Hebreos 12:16,17).

*Colaborador de El Diario de Hoy.