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Se venden ilusiones

Hace muchos años leí un poema del poeta nicaragüense Edwin Castro que me movió el tapete. No recuerdo las palabras exactas, pero decía algo así como: Mañana hijo mío todo será distinto, se marchará la angustia por la puerta del fondo que han de cerrar por siempre las manos de hombres nuevos... No serán prostitutas la hija del obrero ni la del campesino. Algo así.

Después leí que el joven poeta, Edwin Castro, fue torturado hasta morir en las cárceles de la dictadura, acusado de participar en una conjura para matar al viejo Somoza.

Imaginé a Edwin Castro escribiendo, ensangrentado por las torturas, pero con la fe puesta en el futuro. Me conmovió la imagen. La dictadura provocó el caldo de cultivo para la espiral de violencia que ensangrentó por años a Nicaragua.

El mundo celebró la victoria sandinista. Los muchachos, les decían. Pero una vez instalados en el poder total enfermaron de manera absoluta. Y así como en Cuba la Virgen de la Caridad del Cobre se transformó en la hoz y el martillo (engaño lleno de simbolismo), los inocentes muchachos sandinistas mostraron su cara de duros comandantes sedientos de poder.

Se poblaron de guardaespaldas, pistolas y modos insolentes. Arrogantes y difamadores de sus adversarios políticos. Humillaron a los empresarios que los habían apoyado. Hostigaron y hasta cerraron medios de comunicación. Se olvidaron de los obreros, de los estudiantes, del pueblo. Ya en el poder, no falla, los revolucionarios, se enamoraron de las camionetas de lujo y casimires, viajaron por él mundo en primera clase y hasta en jets privados.

Nada duró el encanto de la victoria revolucionaria. El rostro duro y feo de una mala copia de un peor sistema apareció apenas se apagaron los fastos de la gran celebración. Después se vino la violencia, la escasez, el mal gobierno.

El gobierno de los sandinistas fue un total desastre. Enloquecieron la economía, empobrecieron aún más a los pobres, reprimieron y humillaron a la oposición, envilecieron las instituciones del Estado, confrontaron a la iglesia, controlaron los medios. Y, al final, cuando la gente a través de elecciones votó en contra de ellos, se fueron luego de un robo mayúsculo en las arcas del Estado.

¿Y qué pasó con las ilusiones del joven combatiente idealista ametrallado en Pancansan o en las calles de Estelí? ¿Qué pasó con las ilusiones de los mártires que murieron torturados y con la boca cerrada? ¿Qué pasó con las ilusiones de un pueblo que tras la larga pesadilla de la dictadura creyó que el amanecer dejaría de ser una tentación? Pasó que Ortega volvió al poder y se convirtió en el nuevo Somoza. Anunció que él y su esposa gobernarán hasta que se mueran. Mantienen hipócritamente un discurso revolucionario mientras en Nicaragua se practica un capitalismo "neo liberal" como dicen algunos.

Los que se quedaron con el nombre de revolucionarios, aquí y en Nicaragua, aprendieron a vender ilusiones en anuncios comerciales. Son un desastre en el poder y siguen ofreciendo como si nada salud y educación para todos. Qué fácil resulta el negocio de la venta de ilusiones cuando se reciben millones de dólares desde Venezuela. Esos millones y esas corrupciones que volvieron a los antiguos revolucionarios en poderosos arrogantes.

No es con ilusiones en anuncios publicitarios como se fabrica un mejor mañana. No es con programas populistas ni con discursos hipócritas como los de Ortega y el finado Chávez y menos con bravatas semanales cómo dejarán de ser prostitutas la hija del obrero y la del campesino como decía el poeta asesinado por la dictadura.

El bienestar de un pueblo sólo es posible si existe un tejido empresarial fuerte, si se atrae inversión extranjera. Sólo así se genera empleo que es la mejor política social. Pero para que haya un tejido empresarial fuerte y se atraiga inversión extranjera es necesario que exista un gobierno que respete el Estado de Derecho y un liderazgo serio que promueve la armonía nacional y la paz social. Eso que no tenemos.

* Columnista de El Diario de Hoy.

marvingaleasp@hotmail.com