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Veinticuatro horas en el infierno

Independientemente de tu credo religioso, deberías creerlo: el Infierno existe y se encuentra en las bartolinas de la PNC

La Divina Comedia relata el viaje de Dante por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, guiado por el poeta romano Virgilio. El poema comienza con el encuentro de Virgilio con Dante, que se ha perdido en una selva y tropieza con bestias salvajes, y lo conduce por un largo viaje de redención que lo hace pasar por círculos infernales. A partir del segundo círculo ya el Infierno se muestra con toda propiedad: En los círculos superiores moran los que se dejaron guiar por la incontinencia; en los inferiores, los que respondieron a sus más bajos instintos. Luego se describen los perversos, que al final de sus vidas quedaron solos; los lujuriosos, vencidos por el puro placer sexual; los avaros; los enfermos de ira, condenados a golpearse eternamente hundidos en el fango. La sección del Infierno es la más conocida de todas precisamente por la altura que cobran sus escenas monstruosas, como si asistiéramos al mal de una manera directamente visual. 

Creer en el Infierno es materia de dogma para los católicos; es ofrecido como destino para los pecadores por los ardorosos predicadores evangélicos, y a su vez, su existencia es rechazada por ateos y librepensadores, pero lo cierto es que el infierno existe y está situado en las bartolinas de la PNC en El Salvador.

Esta columna recoge la historia de Walter, una persona que tuvo la desgracia de caer en las fauces del sistema penitenciario salvadoreño, por haber tenido un accidente de tránsito que le puede pasar a cualquiera. Walter vivió los tortuosos procedimientos policiales que culminaron con su internamiento en “la bartocha”: submundo en el que el individuo se convierte en un animal encerrado, privado de sus derechos humanos más básicos.

A Walter no le fue permitido realizar ninguna llamada telefónica, ni siquiera a su abogado, tampoco se le leyeron los cargos por los cuales era detenido, ni mucho menos se le informaron cuales eran sus derechos como privado de libertad. 

A la primera noche, que ya de por sí fue mala, siguió algo peor. Walter fue informado que en la Delegación no había personal suficiente para estar cuidando “conductores temerarios e imprudentes”, por lo cual se le ordenó que se quitara toda la ropa, excepto la interior y entrara en la “bartolina”.

La “bartolina” es un inmundo espacio cerrado de nueve metros cuadrados, en el que mal viven aproximadamente 70 salvadoreños que han cometido los más diversos delitos: mareros de todas las clicas, asesinos, extorsionadores, feminicidas, traficantes de droga al detalle, homosexuales que se dedican a la prostitución y así, un largo etcétera que ofrece el amplio menú de la miseria humana.

Walter temblaba como una hoja cuando entró en la bartolina, aterrado de lo que podía pasarle, solo para descubrir que detrás de los rostros tatuados, detrás de la suciedad de los cuerpos y de los prejuicios sociales, se encontraban hermanos salvadoreños sorprendentemente amables y solidarios.

En ese lugar olvidado de Dios, una tortilla se convierte en un lujo, y artículos usados, como una botella de agua vacía, se transforman en algo codiciado. En la “bartocha”, si no te llevan comida no comes. El sistema mata de hambre a los reos, y si es que no mueren de inanición, no es por que el Estado respete sus derechos humanos, es por que los reos son solidarios unos con otros.

El de la “13” comparte su tortilla con el de la “18”, mientras el asesino comparte sus pocas onzas de agua potable, con el acusado de narcotráfico. En la cárcel pareciese que renace en esos condenados, una calidad humana que nunca es percibida por el mundo exterior. La suciedad y el olor son simplemente indescriptibles. Los detenidos son autorizados para bañarse únicamente si hay agua dudosamente potable.
Un baño absolutamente superficial que se hace con prisa, ya que estén o no bañados, son reingresados a la celda cuando el tiempo se acaba. No existen toallas o artículos de higiene, por lo que se reingresa húmedo a la humedad de la celda, lo que provoca hongos y llagas a los detenidos que llevan ya varios meses en esas condiciones. Todos los procesos fisiológicos se hacen adentro de la celda, en la cual no hay áreas designadas para ello ni letrinas. 

Ante la falta de cargos, el abogado pudo liberar a Walter en veinticuatro horas. Los demás detenidos sin asesoría legal, viven otra historia, continúan siendo pisoteados por un sistema inhumano, ineficaz, insensible y torturador, todo lo cual ocurre a ciencia y paciencia de nuestras autoridades gubernamentales. 

Ahí es donde el humano se animaliza. La deshumanización que se vive en las cárceles y bartolinas nacionales, es una de las explicaciones de la violencia social que vivimos. Independientemente de tu credo religioso, deberías creerlo: el Infierno existe y se encuentra en las bartolinas de la PNC.

*Abogado, máster en Leyes.