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¡Vaya legado de amor!

Catedrático universitario, profuso escritor de teología, brillante intelectual, con la personalidad un tanto tímida de quien se siente mejor al pasar inadvertido, sorprendió al mundo Benedicto XVI con su renuncia al trono de Pedro, la primera en casi setecientos años. "Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino" dijo el Papa, al anunciar que renunciaba "con plena libertad" al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro. "Confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo y suplicamos a María, su Santa Madre", que asista a los cardenales en la elección del nuevo Pontífice.

La noticia nos llegó a este hemisferio en cuanto abrimos los ojos la mañana de lunes. De inmediato, entre otros, surgieron comparaciones con su antecesor el Beato Juan Pablo II, carismático, filósofo, deportista. Una gran empatía hubo entre Benedicto XVI y Juan Pablo II. César Izquierdo, profesor de Teología Fundamental de la Universidad de Navarra le dijo al periódico ABC que aunque eran personas diferentes en las formas, fueron muy similares en el fondo. "Ambos pontificados", precisó, "han sido de gran continuidad". La línea programática de ambos, añadió, fue "ahondar en el Concilio Vaticano II", en la defensa de la libertad religiosa y la racionalidad de la fe.

Precisamente a sus recuerdos del Concilio Vaticano II se refirió el Papa Benedicto XVI en su despedida ante los sacerdotes de Roma. En un discurso improvisado el Papa llamó a una "verdadera renovación" de la Iglesia. Se refirió ante la curia de Roma a la reforma de la liturgia, la eclesiología y el ecumenismo. Luego narró su vivencia en la segunda parte del Concilio, más amplia, con temas como el mundo de hoy, era moderna e Iglesia; libertad religiosa, el progreso y la relación con otras religiones. Recordó el gran documento "Gaudium et Spes", y se refirió a la cobertura de los medios de comunicación. Su brillantez permanece incólume.

Mucho se ha dicho y se continuará diciendo del intelecto, la humildad y los méritos del Papa Benedicto XVI. Devoto quien esto escribe de Juan Pablo II --"il Santo di tutti", como le llamó "Il Messaggero"--, asistimos en familia en mayo de 2011 a su beatificación. Luego de la ceremonia el Papa Benedicto ingresó a la Basílica de San Pedro, se hincó a rezar ante el féretro de su antecesor, y visto en pantalla gigante desde la Plaza, se vio cómo lágrimas le corrían por la mejilla. Pude ver en sus ojos y en su expresión el gesto de "misión cumplida" para el Beato. Hombres de una sola pieza que actuando bajo la luz del Espíritu Santo se complementaron y dieron continuidad desde el trono de Pedro.

Se dice del Beato Juan Pablo II, que condujo a la Iglesia hacia el tercer milenio, que nos enseñó a bien vivir y a bien morir. El Papa Benedicto XVI, que estuvo a su lado durante su pontificado durante tiempos tan difíciles tanto en el mundo como en la Iglesia, para después sucederle ante su tránsito al cielo, nos deja un supremo legado de humildad, de infinito amor a la Iglesia y a la humanidad. Tú te mereces lo mejor, Señor, y ante mi certeza de no tener ya suficiente fuerza, que tú crezcas y que yo me reduzca. ¡Vaya legado de amor y de absoluta fidelidad!

*Director Editorial de El Diario de Hoy.